Sorpresa y no fue la “abducción” de Nicolás Maduro, hoy reo de la justicia norteamericana y con pocas, por no decir nulas posibilidades de volver a alcanzar la libertad. Desde luego que el problema se veía venir y el propio Maduro no atinaba entre doblegarse ante Trump o seguir con sus bravatas acostumbradas y seguir jalándole la cola al león. Un hecho singular, sobre todo porque se festejó en muchas partes la detención del dictador al igual que se dio el repudio a una acción que, hay que decirlo, fue a todas luces una invasión militar ventajosa y contra todo principio legal de acuerdo con el derecho internacional. Las protestas y manifestaciones de un lado o del otro tienen sentido, aunque parezcan contradictorias. Sin embargo, el papel esperado del gobierno mexicano es, por encima de todo, lo que más convenga al país. Y es que nuestra nación sigue siendo blanco de los objetivos del mandatario norteamericano por una razón que parece muy simple: aquí el narcotráfico está peor que en la misma Venezuela.
El tema es que la presidenta Claudia Sheinbaum sigue apegada con el discurso de la llamada Doctrina Estrada (respeto a la autodeterminación, etc. etc.), en una manifiesta solidaridad que entraña con el presidente López Obrador. Este, que había presumido tanto hacerse a un lado y dedicarse exclusivamente a la vida privada, tomó la palabra por segunda vez para hacer notar su “condena” a los hechos. Nada había ocultado durante su gestión en cuanto a su empatía con Maduro, al igual que con el cubano Díaz Canel, a quien por cierto se sigue alentando con buques de petróleo y “contratación” de médicos cubanos que ya se ha comprobado sólo enriquecen a los fondos de su gobierno. Sheinbaum no cambia, no ha cambiado en continuar con las políticas y hasta las palabras de AMLO, en una muestra más de que el continuismo obediente en esos temas es baluarte de su gobierno.
Después de lo acontecido con Maduro, ¿quién garantiza que México podrá zafarse de sus responsabilidades a base de discursos? Es incontrovertible que si las mafias criminales no gobiernan en México como un todo, sí influyen, extorsionan, matan y cometen delitos a placer y sin grandes restricciones. Veamos el ejemplo de los días recientes en el país y, lamentablemente, en Jalisco. El asesinato de un empresario de Abastos en las calles de una apacible colonia de Zapopan es una muestra de lo que pasa casi en todo el país, donde, como pasó aquí, la respuesta de las fuerzas de seguridad resulta tan tardía, demasiado como para no pensar mal, lo que llega a evidenciarse en cuanto estado de la república se les ocurra, algunos casi convertidos en zonas de guerra. O también la muerte de un empresario tequilero, este sí como crimen abierto y descarado. ¿Tenemos cara como para decirle a Trump o a quien sea que aquí todo es orden y coordinación? Incluso los señalamientos a Maduro en cuanto a que vendía pasaportes diplomáticos a los traficantes para que no fueran revisados en México y facilitar así el trasiego o el movimiento de los dineros producto del tráfico de drogas, no deja de darle al gobierno mexicano su embarrada en el tema.
Más de lo mismo, tal vez no tengamos, aún, el narcopaís del que nos acusa Trump ya que por ahora los cárteles se ensañan en contra de la población en distintos tipos y niveles, como sucede con los obligados pagos de piso, lo cual junto se advierte ya demasiado grave, sino por la verdad monda y lironda de que sigue – y parece que seguirá- gobernando la impunidad. Nosotros estamos mucho más cerca de Estados Unidos que Venezuela y es un hecho que de aquí parten los caminos de la droga hacia el vecino país. Y, aun así, nos damos una especie de baños de pureza, alardeamos de democracia y de una soberanía más que dudosa, interna y externamente. La presidenta no dice en realidad nada que no hayan dicho sus antecesores, incluidos los “neoliberales”, y ni qué decir de su amistad y respeto selectivo hacia la autonomía de otras naciones.
Y mientras, el imperio contraataca, y lo hace hoy con mayor fuerza, como quedó en claro en la aprehensión de un Maduro que pensó que duraría eternamente su dictadura. Pero ninguna, en cualquier modalidad que tenga, puede durar ya mucho.