El impacto de las decisiones económicas y políticas del presidente Trump ya está presente. Y esto afecta a la economía global, a sus socios, amigos y a sus enemigos, mientras que México no resulta tampoco indemne. Simplemente la estrategia de amenazas y aplicación de aranceles, que tiende a causar más estragos cada vez, ha llegado a ocasionar lo que se está percibiendo como una verdadera crisis en la que, efectivamente, salen perjudicados quienes exportan a Estados Unidos si no, también, a los propios ciudadanos norteamericanos. Y la escalada de daños y perjuicios apenas comienza.
Una muestra más que visible es el debilitamiento del dólar, razón principal a la que se debe en gran medida la aparentemente ventajosa paridad con el peso mexicano. Decimos aparentemente porque esto, que presume tanto el gobierno, en verdad no es cosa del fortalecimiento de la economía nacional ya que la peor apuesta es creer que es buen momento para adquirir moneda estadounidense sólo para viajar o ir de compras. A fin de cuentas, los únicos que se pueden aprovechar son aquellos que pretenden adquirir bienes de capital o materias primas en el vecino país. Pero, en realidad, se trata de una situación que pende de un hilo ya que esto para nada beneficia a nuestros exportadores y la paridad es cada vez más volátil.
No hay que imaginarlo mucho para darse cuenta de que esa actitud de aplicación arancelaria, además va contra todas las reglas comerciales, ya no se diga contra los tratados establecidos como el de Norteamérica (T-MEC), es un auténtico “bumerang” para los consumidores en la Unión Americana, paganos finales de los aumentos consecuentes. No obstante, para Trump todo esto no cuenta. Su capricho por la anexión de Groenlandia no solamente está trastocando la otrora solidez de la Alianza Atlántica (OTAN) sino enardecido a sus socios más leales en Europa. En cambio, para él será un punto de inflexión ya que se trata de la adquisición de un territorio tan grande como el del despojo a México en el siglo XIX. Trump, en estos arrebatos, arrasa con los organismos internacionales, pretende sustituir y hasta eliminar sus estructuras fundamentales como la ONU, se retira de otros como la Organización Mundial de la Salud, y más.
En este ambiente convulso es cuando se pretende dar los primeros pasos hacia la renovación del tratado comercial con México y Canadá. Muy difíciles planteamientos esperan a los negociadores del mismo, sobre todo para los mexicanos ya que, hay que decirlo, tampoco nuestro país ha sido un dechado de cumplimiento. Muchas fallas, como la libertad de sindicalización (ahora controlada y corporativizada por el gobierno de la 4T a través de CATEM y antiguas centrales) y, principalmente, por el nuevo Poder Judicial, hoy alineado al régimen morenista y que, para efectos económicos, constituye una adversa condición por la incertidumbre para la inversión privada. Así que Marcelo Ebrard y sus huestes no la tienen fácil para entrar en arreglos con la administración de Trump. Peor, claro, es lo que enfrenta Canadá luego de las fuertes desavenencias con su primer ministro, como sucedió en Davos, y que no se ve por dónde se pudieran arreglar.
Trump observa con todo ello una situación que va contra sus principios y su carácter: el temor a la elección intermedia de noviembre próximo (mid-term election, dicen ellos) que podría trastocar todo lo que resta de su gobierno. La desesperación aflora ya que muchas de sus acciones van directamente relacionadas con el lema de su gobierno (America Great Again), lo cual significa que su política de convencimiento a los votantes para que se decidan por su partido (Republicano) y de esta manera conservar la mayoría en el Congreso. Perderla resultaría algo similar que también puede acontecer en las elecciones de México el año que entra, al quedar un tanto a expensas de determinaciones legislativas que frenen de golpe las ambiciones de continuidad sin límites. Una mayoría opositora haría que parara en muchas de sus acciones y, además, pendería sobre hasta la posibilidad de un juicio político.
Lo anterior, considera Trump, requiere de actos de supuesta grandeza (controlar la economía mundial, dominar militarmente, conseguir Groenlandia o exterminar la inmigración) aunque, por otro lado, crece cada vez la inconformidad interna, incluso de los mismos republicanos que no se ven nada contentos con sus políticas. Pero todo cae por su peso y, por ejemplo, los sucesos en Minesota, con el asesinato de sus propios ciudadanos, le acarrean una virtual caída en la confianza de la población, su margen es cada vez más débil, tiene apenas popularidad del 40 por ciento y se avizoran épocas peores para él. Después de todo, él lanzó el “bumerang”. Ahora que asuma las consecuencias, antes que le digan “you are fired”, como en su viejo programa de televisión.