Una cumbre en discordia

Columna de Miguel Zárate Hernández

Miguel Zárate Hernández

Miguel Zárate Hernández
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Aunque no lo parezca, encuentros de corte internacional, como la denominada Cumbre de las Américas, adquieren singular relevancia ya que se trata de una reunión no solo de los más altos jefes de estado y funcionarios de los países del continente sino, también de una fuerte representación de empresarios y actores políticos de cada país. Desde 1994 que tuvo lugar por vez primera en Miami, Estados Unidos, ha tenido una decena de ocasiones en que se ha repetido, casi siempre con niveles mayores o menores de conflictos derivados de las fuertes diferencias políticas y económicas entre las naciones participantes. En México se ha hecho una sola vez, en la ciudad de Monterrey, con carácter extraordinario y durante el gobierno de Vicente Fox quien, como es sabido, llevó a las relaciones con Cuba a su punto más crítico al grado de virtual ruptura entre los respectivos gobiernos. Fox había visitado La Habana en 2002 y sostuvo allá un encuentro con la disidencia cubana, lo que desató las desavenencias entre los líderes de ambas naciones.

Hoy México quiere ser diferente y se ampara en principios internacionales para abanderar una causa que, si no fuera por muchas circunstancias, pudiera ser muy positiva: hay que realizar una Cumbre sin exclusiones. El caso es que la postura de México, que se acerca más a un pretendido liderazgo del presidente López Obrador con los países “marginados” de la reunión, no debe ser precisamente motivo de satisfacción para los anfitriones estadounidenses. Hombre de gran madurez y manejos impecables, Joe Biden ha sido condescendiente con la insistencia de su homólogo mexicano, sin desconocer los estragos que causaría una especie de boicot que se gesta ya tras la invitación o no a los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua a la reunión de Los Angeles. Pero Biden ha hecho su labor aparte, dando concesiones impensadas a Cuba, como la apertura a remesas libres de límites que benefician a los cubanos e incluso a Venezuela, con la autorización para que puedan resurgir algunos negocios de americanos con la empresa petrolera de la nación sudamericana. Y piensa en invitaciones “parciales”, quizá fuera de protocolo

Para empezar, México debe pensar a quién está defendiendo sin haber sido objeto de una petición específica de los involucrados, a excepción quizá de los cubanos, pero todos ellos nada cercanos ni adictos a la democracia. Aun así, nuestro país ha sido soporte moral y económico muy relevante para Cuba, llegó a ser el único que reconocía su gobierno y no de ahora -salvo en el periodo foxista-, un valioso aliado en muchas causas en las que no ha dejado simplemente a su suerte a los isleños. En Venezuela los gobiernos de Chávez y Maduro han llegado a descalificar rotundamente a México al grado de considerarlo “perrito del imperio”, si bien ahora confiaron en su organización del diálogo con los opositores. Y de Nicaragua, el apoyo que una vez dio México a Daniel Ortega para que los sandinistas llegaran al poder, ahora pasa al terreno del menosprecio del cogobierno del presidente Ortega con su mujer, en la más completa abyección de democracia simulada de América. Pero el mismo Ortega ya lo dijo, que no le importa para nada asistir a la Cumbre.

El caso es, ¿qué gana México con asumirse en defensor de este tipo de causas? Si en realidad pensamos en la no intervención y autodeterminación, pues dejemos que cada uno decida y haga por sí mismo lo que le convenga. El simple amago de López Obrador de no asistir a la Cumbre más bien debe movernos a preocupación porque lo más importante es que la participación de México sea aprovechada para tratar temas de enorme trascendencia para los mexicanos de ambos lados de la frontera. Se presume todos los días la generosidad de los paisanos, y sus remesas, prácticamente como salvadores de la economía mexicana, pero ellos también tienen sus problemas y requieren el apoyo del gobierno de México, para el mejor tratamiento de los migrantes, para la defensa de derechos laborales y humanos, para intensificar vínculos comerciales y de otro tipo, para reactivar inversiones que han venido a la baja y muchísimos aspectos más que nos importan aquí y ahora.

Caer en el “entonces yo no voy” del adolescente caprichudo porque no invitan a sus cuates, no parece la mejor solución ni la más inteligente para ir a la Cumbre a plantear todas las inquietudes posibles, incluso la de pedir que ya no se excluya a nadie. Enviar a cambio solo una “representación” porque el país anfitrión, que también tiene sus propias broncas internas, como la presión republicana y el poder de los cubano-norteamericanos, decida tal o cual invitación, muestra desdén por lo más importante: López Obrador tiene un deber primordial, estar presente para defender, ante todo, los intereses de México y de los mexicanos.

Miguel Zárate Hernández

miguel.zarateh@hotmail.com

Twitter: @MiguelZarateH

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