Seguros para ser y estar

Monterrey /

Hablamos de espacios seguros e inmediatamente las propuestas giran en torno a alumbrado, vigilancia, botones de pánico. Se trata, por supuesto, de herramientas valiosas, pero de ninguna manera podemos considerar que resuelvan el problema, sino algunas de sus manifestaciones más puntuales.

De entrada, es importante que dejemos de circunscribir el concepto de espacio a lo físico. Un espacio no es solo un lugar para estar, también es un lugar para ser. Y mientras se “está” en lo tangible, se “es” en lo intangible.

Así, una escuela tiene que ser un espacio seguro para estudiar sin correr el riesgo de ser agredido por colegas o profesorado; pero también tiene que serlo para que cada estudiante acuda con manifestaciones propias de lo que defina como su personalidad. Agrede el grandulón que empuja en la cancha durante el recreo, pero agrede también la directiva que en la puerta de acceso filtra a quienes vienen “correctamente” presentados, y aquellas o aquellos que no cumplen con lo que el criterio, gusto o moral de la dirección en turno considera adecuado para acudir a las aulas.

El caso de las agresiones que constantemente viven las mujeres es también emblemático. No habrá senderos suficientemente iluminados, patrullas suficientemente numerosas, vagones de metro suficientemente apartados, si no podemos lograr que más allá de los ambientes físicos, podamos circular de forma libre en el imaginario colectivo.

Porque un mundo plagado de estereotipos en los que el espacio público nos está vedado, en el que se considera que hay “labores propias de nuestro sexo” que estamos obligadas a llevar a cabo so pena de considerar que hemos malogrado nuestras vidas, en donde educarse, pensar, opinar, elegir libremente una profesión son cuestiones consideradas impropias de nuestro sexo y por lo tanto penalizadas de maneras abiertas o sutiles –mas no por ello menos nocivas– es tan inseguro como un callejón oscuro o una parada de camión desolada.

Más importante aún, la inseguridad de los espacios etéreos, aquellos destinados al ser, es la que vuelve inseguros aquellos tangibles destinados a estar. Porque quien no cabe en mi cabeza, tampoco cabe en mi entorno.

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