El surgimiento del PRI fue la solución impuesta por el presidente Calles para las rencillas postrevolucionarias que subsistían. Las diferencias no se acabaron, pero a partir de ese momento dejaron de ventilarse públicamente y se convirtieron en asuntos internos de un partido que, hacia afuera, mostraba una sola cara. Y esto se conseguía a base de una férrea disciplina partidista.
En eso me hizo pensar la declaratoria conjunta que hicieron las dirigencias de Morena, Partido del Trabajo y Verde cuando anunciaron que su coalición se mantendría para las elecciones venideras. Si bien guardaron silencio al respecto, resultó bastante claro que era una respuesta a las fisuras que surgieron a raíz de las inconformidades de las dos formaciones más pequeñas respecto de las propuestas de Morena para la reforma electoral.
Desaparecer las curules plurinominales o reducirlas, así como contraer el presupuesto público para los partidos son dos remedios amargos que ni el Verde ni el PT están dispuestos a tomarse, ya que los pondrían en grave riesgo. Así que frente a la encrucijada entre sostener estas posturas en la propuesta de reforma o mantener vigente su alianza, todo parece indicar que Morena estaría optando por lo segundo.
Así que si bien se trata de tres partidos diferentes, esta coalición electoral conoce las ventajas de, como el PRI de antaño, privilegiar ante todo la unidad. Pero hay un par de diferencias fundamentales. Por un lado, si efectivamente los lazos se mantuvieron fuertes renunciando a puntos clave de la reforma, la técnica para la unidad no habrá sido la disciplina, sino, por el contrario, el disenso que obligó a cerrar filas. Sí se negoció adentro, pero no para alinear en favor del proyecto común, sino, al parecer, para abortar lo que estorbara.
Por otro lado, a diferencia del PRI histórico, esta unidad no viene de un mandato presidencial, sino que, por el contrario, desdibuja a la Presidenta al ponerle sino un freno, al menos un gran obstáculo a su proyecto legislativo electoral. Sin duda, otros tiempos.