Inaceptable

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Para Nadia y todas las que luchan en Guerrero

Es viernes y cae la noche. Regresas a tu casa para encontrarte con tus hijos. Tienes la sensación del deber cumplido. Llevas toda la semana corriendo y supervisando tus tiempos sin fallarle al grupo de runners. Atendiste a tus pacientes en tu consultorio; de hecho, cancelaste un par de citas para acompañar un momento a la familia de una señora internada que agoniza. Dedicaste algunas horas a saber qué necesita la gente del pueblo donde naciste; ya hace tiempo que reconoces que tu vocación no es la medicina así, en abstracto, sino que te sientes llamada a hacer más por tanta gente necesitada que te toca ver en tu trabajo en hospitales públicos. Ya fuiste candidata a diputada suplente. Sabes lo difícil que es la vida política para las de tu género y por eso te unes a la Red para el Avance Político de las Mujeres Guerrerenses. Sigues buscando espacios y te conviertes en dirigente de un partido de oposición. Sientes que puedes aportar en otros ámbitos, hace apenas unas semanas aceptas una nueva responsabilidad y te vuelves presidenta del Club Rotario de tu localidad. Sí, hay mucho qué hacer. Pero es viernes y cae la noche. Regresas a casa para encontrarte con tus hijos… Abres la puerta y dos ráfagas te atraviesan, no entiendes lo que pasa, pero tu energía que parecía inagotable se va extinguiendo y escapa tu último aliento. Ya no alcanzas a escuchar cómo llaman al 911, ya no puedes ver a los socorristas que inútilmente buscan tus signos vitales.

Nadia Matadama hacía todo lo que estaba bien: trabajar, hacer deporte, defender causas justas, ser una médica empática y una servidora pública atenta. Lo que está mal es el telón de fondo en el que se desempeñaba. Un sistema patriarcal para el que cada una de esas actividades representa una transgresión porque ocurre en el espacio vedado para las mujeres: lo público. Las balas atravesaron el cuerpo de esta mujer, pero llevaban un mensaje para todas. Se trata de un llamado a ceñirnos al mandato machista de quedarnos en el ámbito privado, sonreír y soportar. Por Nadia y por todas las que han osado ir más allá, no lo vamos a aceptar.


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