Las cosas por nombrar

Monterrey /

La palabra que por años cifró las complejidades de las relaciones internacionales fue quedando poco a poco en el olvido. La soberanía era quizás la más tangible de las cuestiones etéreas. Porque no se trataba solo de las fronteras como referente geográfico, sino que apelaba a una suerte de dignidad, de ámbito de plena disposición o, como estaba de moda decir todavía a finales del siglo XX: autodeterminación. En todo caso se trataba de una idea que se traducía ágilmente en decisiones y acciones de los gobiernos alrededor del mundo.

Recuerdo las discusiones de mediados de los noventa en torno a las consecuencias que sobre nuestra soberanía tendría el Tratado de Libre Comercio. Nos parecía un riesgo inminente para la capacidad de decidir sobre nuestro destino.

Y éramos eco de preocupaciones del mundo entero respecto al resultado que la globalización tendría sobre lo que se denominaba el “orden internacional”. Si los países renunciaban al proteccionismo, ¿qué sentido tendrían ya las fronteras? Si los Estados motu proprio abrían sus puertas al extranjero, ¿cómo detenerlo el día que quisiera abusar de ese acceso?

El tiempo no dio plenamente razón a la apuesta por la integración económica; es bien sabido que el desarrollo que trajo consigo no alcanzó para todos. Sin embargo, tampoco se puede negar que los nexos económicos impulsaron la cooperación en otros aspectos porque garantizar economías saludables se volvió interés de todos los involucrados. Así, el concepto de soberanía se fue desdibujando.

Pero 2026 pareciera ser el año en el que ese término volvió por la revancha. Lo hemos repetido en incontables ocasiones y aún no termina el mes de enero. Lo sacamos del cajón, le dimos una fuerte sacudida para disimular las arrugas y lo presentamos como argumento lo mismo para criticar lo ocurrido en Venezuela como las amenazas para Groenlandia. Pero también se esgrimió para apartarse de los acuerdos comerciales y aplicar aranceles. Y así, estirándose hacia un punto y otro del conflicto, ha quedado evidenciada su falta de elasticidad. No sé si habrá un nuevo orden internacional, pero lo que se dibuja en el horizonte requiere conceptos nuevos para ser nombrado.


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