Yo, Claudia

Monterrey /

A diferencia del emperador romano cuyo nombre ostenta, la presidenta Sheinbaum no adolece de ninguna tara física, pero es innegable que en un ambiente fuertemente patriarcal como es la política, ser una mujer Presidenta implica complejidades mayores que las vividas por sus predecesores.

Entre esos retos especiales se encuentra la actividad definitoria de su cargo: ejercer el poder, mandar, liderar. Actividades que tradicionalmente se leen en clave masculina, que se asocian a la virilidad y que mantienen secuestradas los guardianes del patriarcado. Por ello es particularmente interesante ver cómo a últimas fechas –y no me parece simple coincidencia– ha ido inhabilitando a algunos de los más insignes custodios del machismo político. Entre ellos, por supuesto, el ex coordinador de Morena en el Senado, Adán Augusto López; el ex fiscal Gertz Manero; el ex director del CIDE, Romero Tellaeche y, por supuesto, el más reciente, Marx Arriaga, ex titular de la oficina a cargo de la elaboración de los libros de texto y, por esa vía, baluarte de la cruzada ideológica de la 4T. De hecho, en este último caso se trata de una doble afrenta que la Presidenta hace al sistema patriarcal, porque no solo destituye a un hombre y nombra en su lugar a una joven mujer indígena, sino que el principal argumento para su remoción tiene que ver con haberse negado a incluir a las figuras femeninas destacadas en los textos con los que aprenden nuestras infancias.

Y no solo es de admirar el que la Presidenta haya enfrentado a estos individuos, sino que lo ha hecho con una elegancia que resalta frente a la vulgaridad de los dimes y diretes a los que nos han acostumbrado ya diputados y senadores. Cada cambio lo ha explicado, a cada uno le ha dado inteligentemente una salida digna (que Marx no la haya tomado es otro tema) y ha expresado sus desacuerdos sin sobresaltos, exabruptos o manotazos.

Al igual que su tocayo emperador, en la tarea de gobernar, Claudia está sorprendiendo a quienes no la consideraban capaz. Y es probable que el más sacudido sea su predecesor y mentor quien, a estas alturas, debe haberse ya dado cuenta de que no es inofensiva.


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