Mientras investigaba esta historia sobre Daniel Arizmendi López, el célebre secuestrador más conocido como El Mochaorejas, volví a releer Crimen y Castigo, un thriller fantástico de Fiódor Dostoievski. Subrayé palabras, frases, situaciones y las analicé con la profundidad que no tuve cuando mi madre me regaló el libro en mi adolescencia. Un sentimiento raro iluminó mi mente como un rayo. De pronto, sentí tantas semejanzas con la actualidad y con mis libros anteriores a pesar de los años transcurridos desde que el gran escritor ruso lo escribió entre 1866 y 1867, mientras estaba cautivo en Siberia. Aquí relata la historia de un joven estudiante de San Petersburgo que, sumido en la miseria, decide asesinar a una usurera a la que debía dinero y a su hermana, que lo descubre. Se esconde, disimula, se muestra como si nada hubiera ocurrido. Pero su cerebro hervía de contradicciones. En medio de conflictos familiares, cae enfermo, presa de delirios y malos presagios. No siente ninguna culpa por asesinar a las mujeres, pero presionado por las circunstancias, decide entregarse a la policía y termina en la gélida Siberia.
Más allá de la literatura, este libro y otros tantos, nos hacen reflexionar sobre el mal y con mínimas diferencias, sentir como todo sigue igual a pesar del tiempo que pasó. Y como los oscuros personajes que hoy se cruzan frente a mí, estuvieron desde siempre, con la impunidad que les dio el poder de turno, cómplice de sus incontables crímenes y corruptelas.
Tomo uno de los párrafos de aquel libro legendario y lo reproduzco como introducción: “Yo maté no por cuestiones de conciencia, sino por un impulso que sólo a mí me atañía. No quiero engañarme a mí mismo sobre este punto. Yo no maté por acudir en socorro de mi madre ni con la intención de dedicar al bien de la humanidad el poder y el dinero que obtuviera; no, no, yo sólo maté por mi interés personal, por mí mismo, y en aquel momento me importaba muy poco saber si sería un bienhechor de la humanidad o un vampiro de la sociedad, una especie de araña que caza seres vivientes con su tela”.
Vampiros de la sociedad
Cuánta analogía con la realidad tiene esta frase, me dije, al mismo tiempo que me sorprendí al leer en el expediente judicial de mil 500 páginas de Arizmendi y su banda, los nombres de policías y comandantes federales de alto rango, los “vampiros sociales”, protectores de narcotraficantes, que investigué en mi libro sobre la maldita guerra de Calderón —Felipe, el oscuro— que casi me cuesta la vida.
Genaro García Luna y Luis Cárdenas Palomino, que de ellos se trata, se cruzan nuevamente en mi camino. Vale aclarar que actualmente el primero está preso y condenado a 38 años de prisión por sus vínculos con el narco y el segundo, se encuentra en la prisión de Almoloya de Juárez, acusado de torturador.
Esta vez aparecieron como espectros, desde los oscuros y fétidos años noventa, como cómplices de las acciones delictivas de Daniel Arizmendi y los suyos: el secuestro y la tortura de personas inocentes, a cambio de un jugoso rescate del que ambos y otros policías recibían una porción del dinero que pagaban las familias.
El secuestro, un crimen brutal, que dejó a los sobrevivientes, con una herida abierta de la que nunca jamás se recuperaron.
¿Por qué nunca los descubrieron y condenaron? Me pregunté.
Porque el poder político, incluidos jueces y abogados y comandantes antisecuestros, era cómplice y no le importaba el dolor de las víctimas. Ni el terror de la sociedad.
Hace poco se reveló que la familia García Luna hizo millones con Calderón y Peña. Durante los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, Genaro García Luna y su esposa Linda Cristina Pereyra amasaron una fortuna mediante una red de corrupción. Promovieron 30 contratos por más de 727 millones de dólares, que fueron lavados en paraísos fiscales como Barbados, según reveló la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) de México. Estas operaciones contaron con la participación de altos exfuncionarios como Facundo Rosas, Luis Cárdenas Palomino y Alberto Bazbaz, entre otros. Los contratos incluían servicios de seguridad, telecomunicaciones y equipos de rastreo, otorgados por la Policía Federal, el Cisen y el sistema penitenciario.
En 2021, el gobierno mexicano presentó una demanda civil en Florida, y el 22 de mayo de 2025, una jueza de ese estado sentenció a García Luna a pagar 748 millones de dólares y a su esposa, mil 740 millones. Estas sumas corresponden al triple de los montos desviados. El gobierno mexicano ya recuperó más de 4 millones de dólares mediante bienes embargados, una de las mayores recuperaciones judiciales por corrupción en la historia reciente del país.
Daniel Arizmendi López, El Mochaorejas, jefe de la banda de secuestradores que marcó para siempre la historia del México del siglo XX, recibió mi pedido, aceptó que lo entrevistara y le realizara las preguntas que “yo quisiera”. “Pero nada de chingaderas”, recalcó al final de su carta. Cuando lo contacté, llevaba 25 años en un reclusorio de alta seguridad, a 200 kilómetros de la capital de Oaxaca, una de las cárceles —otra casualidad de nuevo— que se construyeron durante el sexenio de Calderón, tarea que estuvo a cargo de García Luna, entonces, el todopoderoso secretario de Seguridad y el “mejor policía del mundo”, quien tenía como ladero a Luis Cárdenas Palomino.
El extenso vínculo que establecí con Arizmendi, un psicópata criminal narcisista, como se describe en su perfil, me arrastró a caminar sobre el borde de una cornisa, a vivir en una montaña rusa. Fue duro y doloroso. Similar al infierno que viví en el sexenio de Calderón, cuando García Luna y sus sicarios, amenazaban a mi familia, a mi persona y a mis amigos.
Dicen que la energía de un criminal te contamina y que hay un antes y un después del encuentro. No lo sé. Aquí sigo, resistiendo. Un día me dijo que tenía pesadillas y se veía “matando gente”. Nunca sabré si me dijo en serio o para provocarme o generar compasión por él.
Acompañada por un psicólogo que lo trató cuando y una excelente criminalista, aprendí a realizarle preguntas sin ser frontal, a guardar silencio cuando disparaba sus provocaciones y logré mucho. De su vida en prisión, su familia, su total ausencia de arrepentimiento y una confesión importante: “Después que fui detenido, me llevaron a una bodega cerca del aeropuerto, me torturaron y bajo amenazas a mi familia, me obligaron a firmar declaraciones falsas. Querían saber donde estaba el resto del dinero. Fueron García Luna, Cárdenas Palomino y Pliego Fuentes. Pero Dios los castigó, mire donde terminaron ellos…”
¿Dónde se le torció el destino? ¿Nació así o su estructura mental se construyó en las polvorientas calles de Neza, donde pasó su infancia y adolescencia? Adorador de San la Muerte y San Judas Tadeo practicaba el culto, como lo hacían sus matones y los corruptos Jefes de policía que los protegían, como García Luna, Cárdenas Palomino y el comandante Pliego Fuentes. Según me dijo, una imagen de San la Muerte, La Flaquita, lo “protege” en un rincón de su celda.
Desde aquel lejano agosto de 1998, el apellido Arizmendi se transformó en sinónimo de la crueldad. Lo mismo que García Luna y Cárdenas Palomino, que desde la cima del poder, los protegieron a ellos y a los capos del narco, y se beneficiaron con el millonario negocio, sobre la sangre de los asesinados.
Confieso que una pesada noche me habitó y se pegó a mi piel como un ente gelatinoso que absorbió la energía vital. A pesar de este Infierno, fue una investigación imprescindible que desnudó una época trágica y obscena de México y me reveló la podredumbre del Sistema.