El legado de 'El Mencho'

  • Columna Invitada
  • Óscar Balderas

Ciudad de México /

En 1980, el máximo sueño de un joven pasador de drogas nacido en Aguililla, Michoacán, llamado Nemesio Oseguera Cervantes, era tener una vida criminal similar a la de Maradona, un capo local que se distinguía por su cabello tipo afro y quien respondía al nombre de Armando Valencia Cornelio, cofundador del cártel del Milenio.

Cuatro décadas más tarde, Nemesio no solo superaría a su ídolo, sino que rebasaría hasta a los capos más grandes de la historia, como Joaquín El Chapo Guzmán o el colombiano Pablo Escobar.

Hasta sus últimos momentos con vida, El Mencho había conseguido lo que ningún narcotraficante en las enciclopedias del crimen organizado: crear su propia organización criminal con operaciones en más de 60 países, desde Oceanía hasta África, presencia en 50 de los 50 estados de Estados Unidos y dominio en 32 de las 32 entidades federativas de México.

Según el agente de la agencia antidrogas de Estados Unidos (DEA) Kyle Mori, encargado del seguimiento al Mencho, su fortuna superaba los mil millones de dólares. Magnate, influyente, resguardado por una tropa dispuesta a morir por él. Y tan sádico que Fatjona Mejdini, directora del Observatorio del Sudeste de Europa para Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional, decía que ni siquiera la mafia italiania quería hacer negocios con él porque le temían.

El Mencho acumuló tanto poder por tres acciones que lo diferenciaron del resto de los capos del mundo: su adaptación al movedizo mercado de las drogas, su desafío frontal al Estado mexicano y sus innovaciones tecnológicas.

En primer lugar, El Mencho aprovechó como nadie la ubicación de su grupo criminal en el Pacífico mexicano. Mientras otros, como el cártel de Sinaloa, vieron una ruta directa hacia el mercado de consumo de drogas más grande del mundo, Estados Unidos, Nemesio Oseguera Cervantes miró más allá: identificó una costa mexicana que podía conectarse a más de 14 mil kilómetros de distancia con el sur de China, donde a mediados de la década del 2000 ya se elaboraban precursores químicos para crear drogas sintéticas.

Esos nuevos narcóticos eran un cambio profundo en el mercado negro. Las metanfetaminas y anfetaminas no requerían grandes extensiones de tierra, decenas de jornaleros o condiciones incontrolables para el hombre, como lluvias o sequías. Bastaban unos pocos kilos, preparadores y una cocina. Estos cambios alteraron las lógicas productivas y redujeron el riesgo de exposición criminal. Además, pusieron al centro del narcotráfico el conocimiento técnico. Ahora, químicos, biólogos, médicos, ingresaban definitivamente a las filas del crimen organizado.

Las ganancias millonarias cayeron rápidamente en su regazo, lo que le permitió ampliar una base social con dádivas, corromper instituciones con sobornos millonarios y comprar armamento de última generación.

En segundo lugar, El Mencho usó sus recursos materiales para lanzar ofensivas contra el Estado mexicano. Otros capos mantenían el discurso de que su pelea no era contra el gobierno, sino con otros criminales que querían arrebatar sus negocios. Pero Nemesio Oseguera Cervantes no. Él inició una cruzada contra las fuerzas armadas, que se demostró con el primer derribo de una aeronave militar a manos de un cártel.


El 1 de mayo de 2015, miembros del Ejército subieron a un helicóptero militar Cougar 1009 con rumbo a Villa Purificación, Jalisco. Nadie sabía de qué se trataba la misión. Hasta que estuvieron en el aire fueron enterados de que formaban parte de un operativo secreto llamado Operación Jalisco, que tenía como objetivo la captura de un capo aún desconocido apodado El Mencho.

Cuando el cártel Jalisco vio los helicópteros artillados acercarse al escondite del Mencho, el líder dio permiso a su hijo Rubén Oseguera González, El Menchito, para atacar a los militares con lanzacohetes de fabricación rusa. El saldo fue de 11 militares y dos policías federales muertos.

Aquel acto fue la graduación del cártel de las cuatro letras. Su violencia los puso en el mapa criminal del mundo. Y las alianzas con mafias internacionales no tardaron en llegar: El Mencho tendió más puentes en Asia, especialmente en India y Bangladesh.

Luego usó esas rutas para expandirse por Europa con ayuda de las mafias locales y en África en sociedad con grupos terroristas. Incluso, aprovechó países ultradesarrollados como Nueva Zelanda, que tiene una población joven y adinerada, para venderles metanfetaminas hasta en 100 dólares por pastilla. Todo lo logró sin hablar mandarín, inglés o haber terminado la educación primaria.

Y en tercer lugar, El Mencho incorporó tecnología de guerra que hasta hoy sigue cambiando al país. Por ejemplo, su agrupación criminal fue la primera en usar drones de manera sistemática. Y no solo en labores de vigilancia o espionaje, como fueron los primeros usos, sino en su modalidad explosiva: él fue quien enseñó al país que las batallas del crimen organizado también se libran en el aire. Su última innovación fue la creación de zonas aéreas protegidas con ayuda de tecnología china.

Al líder del cártel jalisciense también se le atribuye la contratación de mercenarios colombianos para capacitar a los jefes de plaza en la frontera entre Michoacán y Jalisco para instalar “minas quiebrapatas”, famosas por causar amputaciones y muertes en Colombia. Una estrategia para marcar fronteras invisibles y mantener aterrada a la población.

Gracias a ese poder, creyó que una cuarta acción que lo distinguiría del resto de los capos mexicanos: quedar impune y morir en libertad y de causas naturales, a diferencia de muchos otros que vio ser arrestados, encarcelados o extraditados. Ese plan quedó frustrado la mañana de este domingo en Tapalpa, Jalisco.

A los 59 años, el narcotraficante más importante de México y el mundo se unió a la lista de esos jefes del narcotráfico que caen por las balas de las fuerzas federales.

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