El Cártel del Noreste tiene un castigo que los sicarios llaman “La Dobladita”. Es una herencia de Los Zetas, que a su vez la aprendieron de los manuales de iniciación de los kaibiles: consiste en poner boca abajo a una persona, llevar sus manos hacia atrás y amarrar sus muñecas con los tobillos. Luego, dos personas, una en cada extremo del cuerpo, jalan hasta juntar la cabeza con los dedos de los pies provocando una hiperflexión extrema.
El cuerpo humano, claro, no está diseñado para doblarse de ese modo. En unos minutos, las vértebras se salen de la columna. Luego, se rompen las cervicales y se fractura la caja torácica creando un dolor agudo e insoportable. Finalmente, la médula espinal se aplasta tanto que se produce una parálisis inmediata. Para entonces, el torturado avanza sin freno hacia un fallo respiratorio que provoca la muerte. Entre el primer tirón y el último respiro pueden pasar horas, incluso días, dependiendo de la resistencia de la víctima y la paciencia del verdugo.
Ese era el castigo preferido de Ricardo González Sauceda, “El Ricky” o “El Mando Erre”, quien era el jefe regional del Cártel del Noreste en Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila, y el número dos de ese grupo criminal. Este martes salió de una prisión en México hacia San Antonio, Texas, como parte de una lista de 37 criminales trasladados a Estados Unidos.
Con “La Dobladita”, “El Ricky” construyó su fama de capo inhumano. Sádico con sus enemigos y despiadado con los amigos que lo retaban. Hace cuatro años hice un viaje a Nuevo Laredo, Tamaulipas, su bastión, y escuché de familiares de desaparecidos, periodistas y militares varias historias de terror sobre él y su técnica predilecta; entre ellas, contaron que tenía decenas de casas donde aplicaba ese tormento con una técnica perfeccionada gracias a un mueble que él mismo diseñó y que ordenó replicar con carpinteros y herreros. Una especie de potro de tortura hecho a la medida de su violencia.
Recuerdo especialmente el testimonio de una mujer cuyo hijo cayó en manos de “Ricky” y no se le volvió a ver: el capo le llamó por teléfono, personalmente, para burlarse de las fotocopias que la familia pegaba en los postes con el rostro del desaparecido. “Si te faltan unos pesos para las copias a color, te ‘levanto’ a tu otro hijo y lo vendo en cachitos”, le dijo.
“¿Por qué crees que fue tan cruel contigo, si tu familia no se metía con la maña?”, le pregunté a la madre y ella respondió con un tono de resignación y obviedad. “Porque él es el poder. Es más que un gobernador, más que un presidente. Sabe que nunca lo van a agarrar”.
Pero “El Ricky” cayó en febrero del año pasado. Bastó una redada militar en sus terrenos para atraparlo sin que opusiera resistencia. El gobierno de Estados Unidos presionaba duro por su captura desde que lo ubicó como responsable de un ataque armado en marzo de 2022 contra el Consulado de Estados Unidos en Nuevo Laredo. El capo que se creía inalcanzable no aguantó la combinación del Ejército mexicano actuando con información estadounidense y fue detenido en una operación relámpago.
Meses más tarde de su captura, una fuente en la Unión Americana me reveló que la Casa Blanca había pedido su traslado en una tercera lista de capos expulsados de México por razones de seguridad nacional. Y lo quería pronto: a inicios de este año.
Con esos datos, MILENIO publicó hace una semana una exclusiva que se materializó este martes. La petición desde Washington tenía un fin estratégico: “Ricky” es un criminal arrogante, vanidoso, que incluso en la cárcel sostenía que nadie podría contenerlo y que saldría pronto a las calles. Los gobiernos de Estados Unidos y México le demostraron que ellos tienen la última palabra.
Ese mismo mensaje se repite para los otros 36 expulsados de México: se trata de criminales tal vez poco conocidos, pero altamente peligrosos, que tienen en común una actuación soberbia e insolente, como “El Z-27” que provocó el peor motín carcelario en México tras adueñarse del penal del Topo Chico, Nuevo León; “El 04”, de los Cabrera Sarabia, quien se paseaba en autos de lujo por los barrios pobres de la Comarca Lagunera sin miedo a ser arrestado; “El Cubano”, quien pese a ser un objetivo prioritario del FBI se paseaba por restaurantes de lujo en Sinaloa y caminaba frente a los cuarteles de la policía estatal.
Este tercer envío de capos representa la misión que intentarán concretar en 2026 las agencias de seguridad binacionales: la caída de los delincuentes no tan ricos, no tan famosos, pero sí desafiantes frente el Estado mexicano y los vecinos del norte. La misión es doblar a quienes antes aplicaban “La Dobladita”. Tocar al intocable. Buscar el fin del fuero criminal.