Entraron con llave a Venezuela

Ciudad de México /

La detención de un jefe de Estado ocurre cuando se alinean tres cosas: información impecable, ventana operativa y —casi siempre— una fisura interna. Nadie entra a la bóveda si alguien no conoce la combinación.

Un líder que —como Nicolás Maduro— se mueve entre fortalezas, anillos de seguridad y edificios bajo control del Estado no es un “objetivo fácil”. Es un objetivo protegido por capas: seguridad presidencial, contrainteligencia, control territorial, rutas alternas, comunicaciones redundantes; en conclusión, seguridad nacional. Para llegar a él se requiere algo más que fuerza: se requiere acceso.

En términos militares, esto ha sido una operación de capture or seize con arquitectura conjunta: inteligencia (humana, técnica, vigilancia), sincronización, control del espacio (aéreo y terrestre) y extracción. En Panamá la operación Just Cause (1989) combinó golpes simultáneos, fuerzas especiales buscando al objetivo en más de un punto y un diseño explícito para evitar la fuga. Si el objetivo no cae pronto, se escapa, se diluye, se convierte en guerra irregular.

Y aquí entra la parte políticamente incómoda: la traición. Los ejércitos son leales… hasta que el mando cambia, hasta que la supervivencia institucional pesa más que el juramento, hasta que la cadena de mando decide que el “costo Maduro” supera el “costo pos-Maduro”. Basta con imaginar lo más operativo de todo: dejar pasar, no reaccionar, mirar a otro lado, apagar un radar, liberar un corredor, filtrar un patrón.

Los precedentes enseñan el mismo principio, con finales distintos. Noriega cayó cuando se cerraron rutas, se controlaron puntos críticos y se sostuvo una presión integral hasta su rendición. Allende no fue capturado: fue derrocado en un quiebre militar total, con La Moneda como símbolo del Estado tomado por sus propias fuerzas. En ambos casos, el factor decisivo fue la fractura de su aparato armado.

Por eso la pregunta real no es solo “quién lo detuvo”, sino “quién dejó de protegerlo”. En operaciones así, la eficacia se mide por minutos; la viabilidad, por complicidades. El resto —comunicados, discursos, símbolos— llega después para explicar lo que en el fondo ya ocurrió: el poder cambió de manos antes de que cambie de nombre.

Palabras clave

A Maduro no lo sacaron del poder cuando lo esposaron. Lo sacaron cuando alguien, desde adentro, decidió que ya no era su comandante.


  • Óscar Cedillo
  • Director General Editorial de Grupo @Milenio. Journalist, Digital, DJ and Biker / Escribe todos los lunes su columna Contraseña
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