El llamado segundo piso de la cuarta transformación no está distraído: tiene a la ultraderecha en el radar y bajo vigilancia permanente. Aunque Morena ejerce hoy un control político prácticamente pleno y los pronósticos lo colocan más allá de 2030, en Palacio hay una preocupación estratégica clara: impedir que opere la conocida “ley del péndulo” y que México vire hacia el extremo opuesto. Bajo esa lógica, la visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a Barcelona no fue un gesto protocolario, sino un movimiento calculado para articular un frente internacional frente al avance de corrientes ultraconservadoras en América Latina.
Las reacciones no tardaron en exhibir la polarización. En el oficialismo, la narrativa fue de consolidación diplomática y alineamiento ideológico con gobiernos afines. Del otro lado, la oposición leyó la escena como una movilización organizada de la izquierda, incluso fuera de sus fronteras. En ese contexto, el partido español VOX elevó el tono al condenar la presencia de Sheinbaum, junto a Luiz Inácio Lula da Silva y Gustavo Petro, durante la llamada IV Cumbre en Defensa de la Democracia. Más que una crítica aislada, fue una señal política.
Y es que minimizar ese posicionamiento sería un error de lectura. VOX no es un actor lejano ni ajeno al tablero mexicano. Desde 2021 ha venido tejiendo una red de interlocución con sectores de la oposición; prueba de ello fue la visita de Santiago Abascal al Senado, donde firmó con legisladores del PAN la llamada “Carta de Madrid”. Un intento claro de exportar agenda y construir afinidades ideológicas. Nada que, en términos de peso político, compita con la fotografía del fin de semana en Barcelona.
En paralelo, esa misma estructura ha buscado incidir en la conversación pública interna, vinculándose —directa o indirectamente— con movilizaciones contra la 4T, como la llamada Generación Z. Esfuerzos que, sin embargo, no lograron sostenerse en el tiempo ni traducirse en capital político real. Mucho ruido, poca estructura.
Palabras clave
Lo cierto es que la visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a tierras españolas sí caló, y más de lo que la oposición quiere admitir. Porque mientras la ultraderecha intenta tejer redes con figuras menores y reciclar liderazgos sin tracción, la izquierda mexicana ya juega en otra liga: la de la articulación internacional y la construcción de narrativa.
El contraste es brutal: de un lado, la “Carta de Madrid” y sus aliados domésticos; del otro, una estrategia que busca blindar el poder y evitar el péndulo. En política, como en la guerra, no gana quien grita más fuerte, sino quien logra posicionar el terreno. Y hoy ese terreno —les guste o no— lo está ocupando la 4T y ahora del otro lado del “charco”.