Observaba algunos comportamientos cotidianos en el Valle de Toluca donde en crecimiento poblacional ha sido notorio en los últimos años, la convivencia se está volviendo más compleja en espacios públicos y algunas áreas comunes en zonas habitacionales de diferentes dimensiones, marcando también esa dinámica a las ciudades o municipios, donde al paso del tiempo se puede observar como la cultura de la legalidad, la participación ciudadana y la comunicación entre los integrantes de esas comunidades, pueden hacer la diferencia, para formar comunidades amigables u hostiles y lamentablemente lo segundo parece propagarse más fácil y rápidamente.
Especialistas en el comportamiento social y políticas públicas, señalan que algunas comunidades se vuelven hostiles porque se erosiona el Capital Social, la convicción de lo conveniente que es mantenerse juntos, el “pegamento de la sociedad”.
Explican que una comunidad se vuelve hostil cuando los ciudadanos perciben al vecino como una amenaza potencial más que como un aliado; cuando la violencia verbal o física se vuelve de uso frecuente y hasta en la forma natural resolver disputas menores como la generación de ruido, la apropiación del estacionamiento, o la forma de disponer de la basura.
Esa hostilidad también se caracteriza porque se pierde el respeto por las normas comunes, o por los límites fundamentales del respeto y la consideración al otro, porque no se siente que estas protejan al individuo.
En esos ambientes se llega a pensar que la autoridad y las instituciones brillan por su ausencia y hasta pueden ser ignoradas al considerarlas prácticamente ineficientes, cuando se da por hecho que las reglas que deberían regir la convivencia ya no tienen razón de ser.
En esta secuencia, se da con frecuencia pensar que, al ser la autoridad o los representantes de la justicia, corruptos o incompetentes, cada miembro de la comunidad peligrosamente podría recurrir a hacer "justicia por mano propia".
Asimismo, siguiendo en esa ruta de hostilidad, se puede intensificar una competencia agresiva entre grupos por satisfactores básicos, como el agua, la seguridad, la iluminación y si cada uno cuida sólo lo propio, el cuidado del espacio público pasa a segundo término, arraigando más el descuido y en ellos los comportamientos antisociales y hostiles.
En comunidades hostiles, se observan dinámicas de Exclusión y "Alteridad", se crean etiquetas y barreras simbólicas que se traducen en dinámicas de conflictos constantes entre grupos auto concebidos como opuestos, ya sea por motivos económicos, étnicos o políticos, se deshumaniza al que es diferente.
El problema en comunidades hostiles se complica porque suelen además resistirse al cambio, dado que suelen ser cerradas y reaccionan con agresividad ante intentos de intervenciones externas, como pueden ser programas sociales, obras o acciones diseñadas para ayudarles, principalmente porque se establecen barreras de desconfianza, generadas por algún antecedente de promesas incumplidas.
Ojalá observemos y reflexionemos si algunos de estos comportamientos nos son propios o están presentes en nuestras comunidades, para empezar a trabajar en contrarrestarlos, no como buen propósito, sino como una necesidad para vivir con calidad... Seguiremos hablando al respecto.