Desde siempre, la humanidad ha buscado de una u otra forma, eliminar el dolor y la ansiedad o sufrimiento. El opio fue considerado por los antiguos como un regalo de Dios, para aquellos pacientes que sufrían por cualquier motivo; incluso se recomendaba su uso gradual para preparar a la persona en sus días finales, antes de la muerte. Su efecto tranquilizante, ansiolítico y placentero era una garantiare, preparado con te, con jugo y múltiples brebajes o emplastos. No hay civilización en el mundo que haya prescindido de sus beneficios. En la era moderna, las farmacéuticas, conociendo su efecto, decidieron fabricarla en modo de pastillas; Bayer lo intentó inicialmente; después surgió el percocet (oxicodona con acetaminofen) y otras combinaciones con ácido acetilsalicílico o aspirina. En los años 60´s una familia judía, comandada por Arturo Sackler y de ocupación médico psiquiatra, tenía en mente combatir el dolor humano. Así es que sacó al mercado el MS contin, un derivado opiáceo, para usarlo en pacientes con cáncer y en etapa terminal; el problema es que su uso era intravenoso, y se recomendaba sólo en este grupo de enfermos, y requerían estar internados para su administración; luego entonces, no se vendía mucho. Fue el sobrino de Arturo Sackler, Richard Sakler, un médico frío, sin sangre aparente, calculador, nada empático, quien tuvo la “brillante” idea de convertir el MS contin de ampolleta a pastilla. De ahí surgió el Oxicontin (Oxicodona); su objetivo era recetarlo para pacientes con cualquier tipo de dolor agudo o crónico; ya nadie en el mundo sufriría de dolor. Para ello armó un ejército de representantes médicos que, con distintas mañas, artilugios y viajes todo pagado, convencieron a los galenos de que el Oxicontin quitaba el dolor como el MS contin, pero sin el efecto adictivo; las recetas brotaron por millares en los Estados Unidos cada día. Curtiss Wright de la FDA fue corrompido para dar la aprobación y venta del medicamento. Los millones de adictos formaban filas para obtener recetas, que iban acompañadas como un cheque en blanco hacia la muerte; transformando el efecto inicial del Oxicontin, más potente que la heroína, de Un Beso de Dios al Beso Diabólico.
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Óscar Hernández G.
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