Año de 1771, arriba a Guadalajara un fraile septuagenario de la ordo predicatorum cuyo nombre es Antonio Alcalde y Barriga. De cuna vallisoletana, el religioso, antes de pisar estas tierras tapatías para ocupar su puesto cómo obispo de la Nueva Galicia, había sido catedrático y prior en varios conventos de España, además de obispo de la diócesis de Yucatán.
Una vez que fue recibido entre vítores y festejos, Fray Antonio Alcalde se arremangó la camisa y se puso manos a la obra, pues además de administrar su diócesis, fundó el hospital San Miguel de Belén u Hospital de Pobres (hoy Hospital Civil), también creó la Real Universidad de Guadalajara, al mismo tiempo que ordenó la construcción del primer complejo de vivienda popular en América (las cuadritas), entre muchas otras labores que lo convirtieron en uno de los principales benefactores de la capital jalisciense.
Tal fue el agradecimiento de la ciudad a este personaje, que en la meritita efervescencia anticlerical y pos-revolucionaria de la mitad del siglo XX, los generalotes “comecuras” y los ateísimos leguleyos que gobernaban el país autorizaron que la principal vía de esta noble y leal “tapatilándia” llevara el apelativo del prelado. Por supuesto, “Alcalde” nada más da nombre a la rúa en su extremo norte, porque a partir del eje Morelos, la avenida fue bautizada cómo “16 de septiembre” fecha del cumpleaños de Don Porfirio, perdón, fecha de la conmemoración de la Independencia de México. Toda esta historia viene a colación porque el año pasado, la populosa y muy transitada avenida Alcalde fue convertida en un paseo semi-peatonal de muy buena hechura. El cual tuve la oportunidad transitar varias veces durante las fiestas decembrinas.
El andador, que se discurre desde la calle Jesús García hasta los Templos de San Francisco y Aránzazu, no está concluido en su totalidad, pero ya se nota en él, un singular ambiente de esparcimiento y relajación familiar cómo hace mucho no se sentía en ningún sitio de esta urbe. Es, hasta este momento, un digno ejemplo de apropiación de un espacio público por parte de la ciudadanía, siendo el gobierno, hay que decirlo, el impulsor de esta notoria y benéfica acción. La mayoría de las personas que han conocido este paseo dan una muy buena referencia de su confort y a su estética. Por lo tanto, es sin duda, un lugar digno de visitarse. Por mi parte, yo cuento los días para que se abra completamente y recorrerlo a todo lo largo, sólo espero que las autoridades pongan atención en el tipo de negocios que se instalaran en los alrededores y que eso no se convierta, como en otros lados a sucedido, en una burda zona de antros donde los decibeles, la delincuencia y las secuelas de la francachela se vuelven los amos y señores del espacio público.
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