La Caldera del Diablo

Jalisco /

Don Juan de Dios, nuevo dueño de la Hacienda de San Francisco Toxpan, corre su caballo a todo galope. Trata de salir a campo abierto antes de que oscurezca. Él sabe que no debe estar en la sierra cuando caiga la noche. Sin embargo, entre la arboleda ve unas matas de café rotas, se preocupa.

Sin pensarlo, el patrón tira violentamente de la rienda y desmonta. Presuroso, abandona la vereda, ésa que viene de la "Caldera del diablo", barranca donde nace el Río Atoyac. De tres pasos largos; se encuentra en medio de la nada, entre cafetos, barbascos y jinicuiles.

Los peones siempre hablan de un demonio verde, una sombra que pierde a los hombres mientras pernoctan en la selva, por supuesto muchos de ellos nunca regresan. A Juan de Dios, aunque temeroso de la leyenda, le importan más sus cafetales y de un machetazo certero corta un par varejones.

No le asusta dormir en el campo. Mientras endereza los cafetos atándolos a los varejones, recuerda su azarosa niñez y las mil noches que pasó a la intemperie, cazando tlacuaches para comer. Viene a su mente cuando un arriero lo recogió en un camino al quedar huérfano.

También recuerda cómo cambió su suerte, a razón de que el señor cura de Coatepec lo adoptó como sobrino. Esto le dio la oportunidad de casarse con una descendiente de Cristóbal de Miranda, el fundador de Córdoba hace 160 años. Su dote es la hacienda de San Francisco Toxpan, donde ya producía caña antes de que el trajera unas plántulas de café, desde el atrio de la iglesia de su tío.

Al amarrar la última mata, la oscuridad desplaza los moribundos rayos del sol. Juan de Dios camina rumbo a la vereda. No la encuentra, tampoco a su caballo. Le chifla y le grita; el corcel no da señales de vida.

Las sombras de los árboles se confunden con la oscuridad. El patrón, con la experiencia de su infancia en los caminos, tiene la certidumbre que no debe continuar, prefiere esperar la mañana. Limpia y hace un nido con su machete, que ahora es su mejor amigo. Entre el murmullo de la selva, se recuesta a observar las estrellas.

De repente, un silencio apabullante irrumpe en el ruidoso monte. Él queda petrificado, no se puede mover, ni siquiera cerrar los ojos, una presencia inexplicable flota encima de él. La penumbra se torna más oscura. Sin darse cuenta, el demonio pasa de largo, el barullo de insectos y animales regresa ensordecedor, es música que lo arrulla hasta quedar profundamente dormido.

Al amanecer, con una ligera neblina, el alazán lo despierta de un lengüetazo. Juan de Dios monta sin problemas y revisa de nuevo su plantación de café. Después, retoma la vereda rumbo a la hacienda, va tranquilo, disfruta de la fresca mañana.

A los lejos, observa huir a uno de sus esclavos, entonces el patrón, enfila rápido rumbo a la hacienda, la niebla es más densa, apenas puede continuar. Cree que llegó, pero se da cuenta que regresó a los cafetales, no puede salir de la selva. Respira profundamente, se resigna a ser un alma más que el demonio verde reclutó para cuidar el monte.

oriveroll@hotmail.com

  • Oscar Riveroll
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