No hay realidad que se le acerque siquiera a todo lo que el ser humano puede llegar a imaginar. Cuando la imaginación se activa, el universo mismo puede provocar claustrofobia. No tiene límites, reglas o procedimientos, ni requiere de explicaciones, justificaciones o fundamentos. Cuando se despliega, nada ni nadie la detiene. El arte, a su vez, es un medio idóneo a través del cual la imaginación se expresa y manifiesta.
La ciencia, en cambio, se desplaza con cautela. Cada paso se proyecta y se calibra. Se prueba y se comprueba una y mil veces. Parte de su riqueza radica en la certeza que va obteniendo en cada centímetro que avanza, procurando nunca perder contacto con la realidad, su fiel compañera.
A lo largo de la historia, el arte, junto con la imaginación que lo impulsa, ha incursionando en caminos inexplorados e impensables que luego han inspirado a la ciencia para transitar por ellos en su comprobado y cuidadoso andar.
En fecha reciente la UNAM publicó un libro sobre la exposición La roca íntima del todo. En ella se logró un particular encuentro; de una parte, la pasión de los geólogos por el estudio meticuloso de las rocas, y de la otra, la profunda conexión que como artista plástico he tenido con el material pétreo. Todo ello ambientado en la Casa Universitaria del Libro en la colonia Roma Norte, una extraordinaria edificación que pareciera haberse construido ex profeso para esa exposición.
El libro deja rastro fotográfico de la meteorita Allende, el objeto más antiguo del que se tiene conocimiento en nuestro planeta con 4 mil 567 millones de años, joya de la corona del Museo de Geología de la UNAM que fue prestado para la muestra. Esta roca ancestral hizo las veces de El Aleph del cuento de Borges: esa “pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor” y en donde se contiene el “espacio cósmico” a través del cual se puede ver el todo, desde todos los puntos del universo y que él mismo encontró al bajar las escaleras de la casa ubicada en la calle Garay de Buenos Aires. En la exposición, esas escaleras fueron encarnadas por las que se ubican al interior de la Casa Universitaria del Libro y que, por cierto, son de una singular belleza. Junto a la meteorita Allende, transformada en El Aleph, se expuso una placa de ónix que intervine, de donde surge la mirada de Borges viéndose a sí mismo y viendo que se estaba viendo a sí mismo, y viendo, a su vez, que se estaba viendo a sí mismo hasta el infinito.
El libro documentó también las historias y seres que, con la técnica de la petrovitapintura, emergieron de entre las vetas del mármol, ónix y cuarcita, coexistiendo con otras piezas provenientes de la colección del Museo de Geología y que han sido objeto de estudio por geólogos de la UNAM.
Una calcita celular de Durango, como referencia a las páginas abiertas del destino; una okenita con girolita proveniente de Poona, India, representando un moho eterno, o una cianita y estaurolita en pargasita proveniente del Cantón de Tesino, Suiza, haciendo las veces de pastizal legendario, entre muchas otras.
En el libro escriben personalidades de reconocido prestigio en el mundo de la ciencia y el arte, como Rosa Beltrán, Soledad Funes Argüello, Elena Centeno García, Guadalupe Alonso Coratella, Ricardo Barragán Manzo, Juan Ayala Méndez, José Gordon, Luis Espinosa Arrubarrena, Óscar Irazaba Ávila, Lucero Morelos, Juan Carlos Cruz Ocampo, Luis Schmidt y desde luego Fernando Gálvez de Aguinaga, como curador de la exposición.
El libro, coordinado por la escritora y periodista Guadalupe Alonso Coratella, es el resultado de una iniciativa de la UNAM que a través de la Casa Universitaria del Libro deja constancia de esa armonización que se dio entre ciencia, artes plásticas y literatura, y que será presentado en la edición 47 de la FIL del Palacio de Minería, en Tacuba 5, Centro Histórico de la Ciudad de México, el sábado 21 de febrero a las 13:00, Salón de Firmas.