El fin de semana que acaba de pasar viví una experiencia sui generis en Metepec, Estado de México, denominada La Pachanga del Cerro; quiero contarte cómo fue.
El anochecer comenzaba a enfriar los muros y las esquinas empedradas de este pueblo mágico cuando nos reunimos en el punto de encuentro. Éramos doce personas desconocidas entre nosotros, convocadas sin afinidad previa ni un interés utilitario, sino por una determinación casi silenciosa: la de poner una pausa a la inercia del típico encuentro de grupo. Hoy vivimos sumergidos en una rutina donde la interacción humana suele estar mediada por pantallas, filtros de conveniencia y una prisa constante que nos vuelve impermeables al otro; estar ahí de pie, midiendo la distancia con la mirada, era ya un pequeño acto de afirmación vital: la decisión de hacerse presente, en cuerpo y alma, frente a la presencia de un extraño.
La primera condición para el encuentro fue el despojo del control. Nadie conocía el rumbo de los pasos ni el orden de los lugares que visitaríamos. En un tiempo obsesionado con calcularlo todo —reseñas, mapas interactivos, pronósticos al minuto—, ignorar el destino inmediato generó un alivio inesperado. Al colocarnos una etiqueta con el nombre de pila y recibir una pequeña consigna secreta para la noche, las armaduras sociales cayeron por su propio peso. No importaban los cargos, las trayectorias ni las etiquetas con las que solemos presentarnos al mundo exterior; éramos, en lo esencial, un grupo de caminantes compartiendo la misma banqueta bajo el cielo abierto de una noche que prometía misterio y goce.
El primer tramo a pie funcionó como un puente sutil. Caminar al lado de alguien acompasando el paso es una de las formas más primitivas y eficaces de generar cercanía; el cuerpo se sincroniza antes de que la mente termine de procesar las palabras. Al cruzar el umbral del primer refugio, dos expertos nos introdujeron a la cultura del pulque, y con ello a una metáfora luminosa: el fermento del maguey es una materia viva que no admite prisas, un licor que respira, madura y exige paciencia para revelar sus notas frutales y terrosas. Al circular las pruebas entre las manos, guiados por preguntas sencillas pero profundas que invitaban a compartir recuerdos de infancia y manías personales, el ambiente se impregnó de una tibieza fraterna. La risa compartida actuó como un solvente inmediato de las reservas; escuchar la voz ajena contar una vivencia íntima despertó una empatía instantánea que ninguna red social es capaz de emular.
El itinerario continuó hacia el segundo punto, atravesamos calles donde el aire nocturno refrescaba el rostro y acentuaba la sensación de cobijo colectivo. Para entonces, la conversación ya no requería de estímulos externos: fluía por cauces naturales, saltando de la confesión honesta a la broma espontánea. En la segunda mesa, la experiencia sensorial se transformó a través del universo de la cerveza artesanal. Descubrir el trabajo minucioso de las maltas, los aromas tostados y la paciencia del lúpulo sirvió de marco para una cena donde la mesa compartida recuperó su antiguo carácter sagrado: el de ser un espacio donde nadie sobra. Entre juegos de mesa, trivias y anécdotas cruzadas, se hizo evidente que todos en esa mesa cargábamos con anhelos similares, con pequeñas soledades cotidianas y con expectativas de ser escuchados sin juicios ni interrupciones.
La última etapa nos llevó a una pista donde la música terminó de disolver cualquier residuo de timidez. Bailamos para articular un lenguaje compartido de libertad y alegría plenas; en el movimiento colectivo, en el choque de vasos durante el brindis final y al desvelarse el misterio de las dinámicas que nos habían acompañado en secreto durante el trayecto, se produjo la revelación: sin darnos cuenta, habíamos pasado horas cuidándonos, prestándonos atención y celebrando la presencia del otro.
Cerca de la medianoche, al despedirnos bajo la luz ámbar de las farolas con abrazos prolongados y miradas francas, la certeza era luminosa: esta noche dejamos de ser las islas destinadas al distanciamiento; nuestra capacidad de conmovernos y encontrarnos sigue intacta, esperando únicamente que nos atrevamos a cruzar la calle, soltar las certezas y descubrir que en el rostro del desconocido late siempre la posibilidad de una conexión genuina y digna de una amistad recién nacida.