Una de las cualidades estilísticas mejor aceptadas de un escrito es la concisión, rasgo que se obtiene al expresar el mayor número de ideas con la cantidad adecuada de palabras: no el menor número de palabras, sino el número exacto requerido para ello.
En mis clases de redacción, me preguntan si la concisión es sinónimo de laconismo: no, el laconismo tiende a oscurecer un texto, pues la intención primordial es reducir al extremo el número de palabras al punto de sacrificar claridad, precisión y, precisamente, concisión.
Esa cualidad tan bien ponderada es aun más apreciable si puede identificarse en el lenguaje oral de las personas: en los discursos, en los mensajes de ocasión especial, en la conversación; reconocemos la concisión cuando aquellas personas a quienes hablamos pueden entender nuestras ideas sin trabajo y con agrado, y además de ello se interesan en forma tal, que el amor propio les lleva a reflexionar sobre ellas. Desde luego, en estas consideraciones hay una dimensión persuasiva de inevitable referencia, pues toda idea tiene implícita la huella de la identidad de quien la expone.
El pensador Blaise Pascal (1623-1662) lo dice mejor: la concisión del habla es “una correspondencia que se trata de establecer entre el espíritu y el corazón a quienes se habla, por un lado, y por otro, los pensamientos y expresiones de que se sirve, lo cual supone que se ha estudiado perfectamente el corazón del hombre para conocer todos sus resortes y para encontrar después las justas proporciones del discurso adecuado. Es menester colocarse en el lugar de los que han de escucharnos y ensayar en su propio corazón el giro que se da al discurso, para ver si el uno está hecho para el otro, y si se está seguro de que el auditorio se ha de ver como obligado a rendirse. Es preciso refugiarse lo más posible en lo natural sencillo; no hacer grande lo que es pequeño, ni pequeño lo que es grande. No basta que una cosa sea hermosa, hace falta que sea adecuada al tema, que no haya en él nada de más ni nada de menos.” (Pensamientos, 1670)
Las alusiones al corazón y al espíritu bien pueden hacerse corresponder con la moderna comprensión cognitiva e inteligencia de las emociones; lo importante es comprender que la concisión es la conciencia de que las mismas palabras forman pensamientos distintos por su diferente disposición en el mensaje; esto lo sabía ya el emperador Marco Aurelio (121-180), quien expuso que, para comprender a cabalidad un escrito, era menester comprender primero las leyes que rigen la disposición de cada una de las palabras que lo conforman: los principios que animan ese texto, esa expresión hablada, en concreto. La concisión es, al cabo, un rasgo de estilo al que podemos adherirnos para decir mejor lo que pensamos.
Porfirio Hernández
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