Dogma o mayéutica

Estado de México /

Desde las estructuras corporativas hasta las dinámicas comunitarias de menor escala, la figura del líder ejerce una influencia decisiva en la configuración de los grupos humanos. Sin embargo, detrás de cada estilo de mando subyace un sustrato ideológico que determina su conducta y, en última instancia, su legitimidad.

Lejos de ser una cuestión meramente práctica, el liderazgo es una expresión de cómo entendemos el acceso a la verdad y la distribución del saber entre los nuestros. Analizar este sustrato nos permite comprender por qué ciertos modelos de liderazgo fracasan y otros perduran.

1. Veamos al líder que impone su visión y se comporta como el dueño de la verdad. Su operación parte de una premisa epistemológica obsoleta: el racionalismo dogmático, donde el conocimiento válido emana de una única fuente centralizada.

2. Frente a este se sitúa el liderazgo maduro que encarna la mayéutica socrática. Sócrates, en los diálogos platónicos como “Gorgias” (c. 380 a.C.), no transmitía verdades, sino que a través de interrogarse facilitaba que su interlocutor “diera a luz” su propio conocimiento. Un líder que guía siguiendo este principio no se erige como el oráculo de las soluciones, sino como el arquitecto de espacios donde la inteligencia colectiva puede emerger; su conducta se manifiesta en preguntas poderosas, en la escucha activa y en la síntesis de ideas dispersas; su autoridad no radica en lo que sabe, sino en su capacidad para liberar el saber del grupo. Este sustrato ideológico valida el conocimiento nacido de la experiencia y distribuido, a la vez que reconoce que la solución óptima rara vez reside en una sola mente.

Contrastemos. La necesidad de control absoluto es síntoma de una profunda fragilidad epistemológica, por decir lo menos; es la postura de quien confunde sus creencias con verdades verificadas de forma definitiva, como bien lo definió Karl Popper en su entrañable La lógica de la investigación científica, 1934; ahí, Popper demostró que el conocimiento científico avanza no mediante la verificación, sino a través de la falsabilidad, es decir, la disposición a someter las teorías a un posible refutamiento.

Un líder que integra este principio posee lo que Nassim Nicholas Taleb denominó “antifragilidad” (Antifrágil, 2012), ya que se fortalece con el shock de lo inesperado. Su conducta no es rígida, sino adaptable; celebra los experimentos y no estigmatiza el error, porque lo concibe como un dato valioso que refina la estrategia colectiva; su ideología se basa en que el conocimiento es provisional y correccionista, y que la fortaleza de una organización reside en su capacidad para aprender, no en su capacidad para obedecer.

Tengo para mí que el objetivo último de un liderazgo éticamente fundamentado debe ser la autonomía de su grupo, eso que Immanuel Kant definió como “la salida del hombre de su minoría de edad”, de la cual él mismo es culpable; la minoría de edad es la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la dirección de otro.

Un líder que, por miedo o inseguridad, fomenta la dependencia, es un líder que crea súbditos perpetuos; en cambio, un líder ilustrado trabaja para volverse prescindible: su conducta se orienta a empoderar, a transferir habilidades y a fomentar el criterio propio. Su sustrato ideológico es emancipador: el verdadero éxito de un líder se mide por la capacidad de sus equipos para funcionar con excelencia en su ausencia. Es la materialización del imperativo categórico kantiano aplicado a la gestión: actuar de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la de los demás, siempre como un fin, y nunca solo como un medio.

Por eso, cuando observemos a un líder en acción, preguntémonos no solo qué está haciendo, sino desde qué teoría del conocimiento está actuando. Si su ideología se basa en el dogma, el control y la dependencia, su legado será frágil; si, por el contrario, se fundamenta en la mayéutica, la humildad epistemológica y la búsqueda de la autonomía, estará construyendo organizaciones y personas más sabias, resilientes y libres. En esencia, el liderazgo, es una filosofía aplicada.


  • Porfirio Hernández
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