Han pasado casi 40 años desde que Guillermo Bonfil Batalla (1935-1991) identificara la insondabilidad de lo que llamó el “México profundo”; hoy, es en esos mismos márgenes donde se yerguen estructuras que desafían la lógica de la precariedad: los monumentos al poder criminal.
Uno de ellos asomó apenas en los mausoleos de mármol y cúpulas doradas erigidos no solo a la memoria del narcotraficante Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, sino a una narrativa de triunfo sobre la ley. Tengo para mí que esta glorificación de la violencia producida y perpetuada por las estructuras criminales basadas en el delito del narcotráfico, alimentada por una cobertura periodística que a menudo confunde el morbo con el análisis, oculta bajo su brillo una realidad devastadora: la industria criminal no es un motor de progreso, sino un parásito que devora el futuro de México.
La contradicción parece insalvable: ¿cómo es posible que una figura responsable de múltiples asesinatos (imposible saber cuántos) y de la desestabilización económica de regiones enteras del país sea despedida, o incluso imaginada, con los honores de un emperador? La respuesta no reside en una falta de moral colectiva, sino en una sofisticada estrategia de control semiótico: en comunidades donde el Estado es una sombra, el narcotraficante ocupa el vacío; la fastuosa sepultura de “el Mencho” es el último acto de una obra de teatro diseñada para proyectar invulnerabilidad: esencialmente, un ejercicio de poder paraestatal que busca legitimidad a través de la opulencia.
El periodismo, en su afán por capturar la magnitud del fenómeno, cae a veces en la trampa de la hipérbole. Al describir con detalle quirúrgico cada lujo del funeral o la magnitud de la “herencia”, se corre el riesgo de transformar el prontuario criminal en una épica trágica; esa estética del espectáculo desvía la mirada de lo fundamental: la economía extractiva, que mediante la extorsión y el control de mercados succiona la liquidez de amplias zonas rurales y urbanas para alimentar la estructura de guerra de los criminales, dejando tras de sí un tejido social empobrecido o en camino de serlo. Si bien el narco inyecta liquidez inmediata en pueblos olvidados —pagando fiestas o infraestructuras menores—, el costo es la destrucción de la infraestructura productiva; el “cobro de piso” y el control de precios de productos básicos, como el limón o el aguacate, son en realidad impuestos criminales que sumen a la población en una crisis económica perpetua.
Lo que observamos en la glorificación de figuras como “el Mencho” es un Síndrome de Estocolmo sistémico: la población no admira al criminal por su crueldad, sino que racionaliza su presencia como una forma de supervivencia; en un entorno de violencia extrema, abrazar el mito del “bandido generoso” es una herramienta psicológica para encontrar sentido al caos. No obstante, detrás de la identificación magnificada en la tumba no hay un héroe, sino un verdugo que ha hipotecado la seguridad y la soberanía de las próximas generaciones.
En esta hora crítica, México se enfrenta al reto de desmontar esa mitología. El rigor periodístico y los contenidos de radio y televisión, sobre todo porque estos últimos están regulados para ser de servicio público, debe ir más allá de la crónica del lujo y adentrarse en la disección de la ruina que dejan estas estructuras de poder; la verdadera tragedia no es la muerte del capo, sino la persistencia de un sistema que permite que un sepulcro de oro brille sobre un suelo manchado de sangre y una economía asfixiada. La belleza del mausoleo es, al final de la jornada, la máscara de la miseria.