El precio del 'scroll'

Estado de México /

Imagina que cada mañana, antes incluso de poner un pie fuera de la cama, alguien colocara frente a tus ojos un espejo deformante, que no refleja tu rostro real, sino una versión distorsionada donde siempre pareces menos interesante, menos exitoso y feliz que todos los demás; ese espejo existe, cabe en tu bolsillo y lo consultas decenas de veces al día sin ser plenamente consciente del costo psicológico que estás pagando. El uso excesivo de redes sociales produce un saldo negativo sobre nuestra salud mental, y lo hace a través de mecanismos sutiles pero poderosos, que operan incluso cuando creemos tener el control.

El primer mecanismo es la comparación social, sobre la que el psicólogo Leon Festinger (1919-1989) ya nos había alertado en 1954; actualmente, la comparación ascendente —esa que nos hace medirnos con quienes percibimos “por encima”— está significativamente asociada con mayores niveles de riesgo de suicidio entre adolescentes y jóvenes españoles: mientras en la vida real nos comparamos con un círculo limitado de personas (compañeros de clase, colegas de trabajo, vecinos), el algoritmo nos expone diariamente a un catálogo infinito de vidas editadas: cuerpos imposibles, viajes de ensueño, logros profesionales prematuros… el resultado es una erosión silenciosa de la capacidad de saber quiénes somos y qué queremos al margen de los demás.

El segundo mecanismo es el scroll infinito. Precisamente Haidt ha revelado que el scroll “fue literalmente copiado de las máquinas tragamonedas”; se refiere a que el gesto de deslizar el dedo hacia abajo y soltar, activa el mismo circuito de recompensa variable que mantiene a los jugadores pegados al juego. Es decir, B.F. Skinner, el psicólogo conductista aparentemente superado, acertó otra vez: el scroll es ingeniería conductual de precisión, porque renueva bucles de estímulo-respuesta-refuerzo. ¿El resultado? Un estudio con 632 adolescentes españoles publicado en la Revista española de drogodependencias encontró que aquellos con comportamientos adictivos hacia las redes sociales tenían hasta 28.9% de probabilidades de experimentar problemas de salud psicosocial, frente a 6.8% de quienes mostraban baja adicción.

El debate académico existe, como en cualquier campo científico incipiente. Algunos investigadores sostienen que los efectos son más modestos de lo que sugieren las narrativas alarmistas y que las correlaciones no implican causalidad, pero este argumento vacila cuando se examinan otros datos: el propio Haidt ha señalado que aproximadamente 15% de los menores sufren acoso sexual en sus plataformas cada semana; por otra parte, experimentos con asignación aleatoria muestran que cuando las personas dejan las redes sociales durante al menos una semana, los síntomas de depresión disminuyen.

Desde luego que la industria tecnológica ha desplegado estrategias deliberadas para sembrar duda, similar a la que utilizó la industria tabacalera durante décadas: admitir que hay estudios contradictorios, insistir en que la ciencia “no es concluyente” y ganar tiempo mientras los beneficios se acumulan.

Haidt lo expresó con una crudeza que debería estremecernos: “Cualquiera que pase seis horas al día en las redes sociales no va a hacer una gran contribución a este planeta”. Seis horas diarias —una cifra que millones superan holgadamente— son seis horas sustraídas a la lectura profunda, a la creatividad, al juego físico, al cortejo real, a la construcción de vínculos que no dependan de un like. La buena noticia es que la solución no pasa por la abstinencia total ni por la culpabilización individual, sino por la acción colectiva informada; Haidt propone cuatro normas concretas que ya están siendo adoptadas en países como Francia y Australia: retrasar el acceso al teléfono inteligente hasta después de los 14 años, prohibir las redes sociales antes de los 16, establecer escuelas libres de teléfonos y recuperar el juego físico no supervisado.

Pero más allá de las políticas públicas, hay algo que cada adulto puede hacer hoy mismo: tomar conciencia de que su atención es el producto más valioso del siglo XXI y empezar a tratarla como tal. La fuerza de voluntad individual es insuficiente frente a ejércitos de ingenieros entrenados para secuestrarla; lo que necesitamos son nuevos hábitos colectivos, nuevas normas sociales que devuelvan el control a las personas. La misma generación que creció con un móvil en la mano ya está pidiendo un cambio: los propios jóvenes apoyan mayoritariamente las restricciones y afirman que no darán redes sociales a sus futuros hijos hasta que sean mayores. Quizás ya han entendido lo que a los más grandes nos cuesta admitir: que el precio de estar permanentemente conectados es demasiado alto.


  • Porfirio Hernández
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