Acabo de terminar de leer el extraordinario ensayo de Byung-Chul Han titulado La sociedad del cansancio. Sus razonamientos y conclusiones son alarmantes, porque nacen de una mirada objetiva y una realidad verificable. Me explico:
Durante siglos, la supervivencia de cualquier estructura social dependió de su capacidad para identificar y neutralizar cualquier amenaza externa. Esa capacidad se basó en la cohesión interna de un grupo frente a un adversario definido. El sociólogo francés Jean Baudrillard trazó con precisión esa genealogía de la amenaza al grupo humano a través de cuatro mutaciones estratégicas: primero fue el lobo, un agresor frontal ante el cual se erigieron murallas y fronteras físicas; luego la rata, una amenaza subterránea que obligó al Estado a diseñar aparatos de higiene y control clandestino; siguió el insecto agresor y, finalmente, emergió el virus, que alteró las reglas del juego porque eliminó el frente de batalla.
¿Dónde está el enemigo ahora? Suponemos que infiltrado en el sistema social, y por ende lo combatimos bajo un paradigma obsoleto: el esquema inmunológico, afirma con frialdad quirúrgica el filósofo Byung-Chul Han.
Veamos: Un sistema inmunitario funciona mediante el reconocimiento de la alteridad; necesita distinguir entre lo propio y lo extraño, entre el adentro y el afuera, para generar anticuerpos y rechazar al intruso. El error de diagnóstico en el análisis social contemporáneo consiste en asumir que toda violencia requiere de un enemigo; se confunde la genealogía de la amenaza con la genealogía de la violencia y se ignora que el sistema actual ha evolucionado hacia una fase donde la fricción dialéctica ha sido desactivada: hoy habitamos el ecosistema de la violencia de la positividad.
Esa es la principal aportación del filósofo surcoreano Byung-Chul Han: a diferencia de la violencia viral, esta nueva fuerza destructiva no presupone aversión, conflicto ni polarización. No necesita células clandestinas ni ejércitos invasores; se despliega con total impunidad en sociedades permisivas, pacíficas y saturadas de estímulos. Es una violencia radicalmente invisible porque carece de negatividad. Su hábitat natural es el ámbito de lo igual: un mercado conductual homogéneo donde se ha borrado la frontera entre el explotador y el explotado.
El sistema descubrió que la coerción externa (el modelo disciplinario de murallas y vigilancia) es ineficiente y costosa en comparación con la autoexplotación voluntaria. En un entorno sin enemigos visibles, el individuo ya no gasta energía en defenderse del otro, sino en optimizarse a sí mismo hasta la extenuación. El exceso de opciones, la hipercomunicación, el imperativo del rendimiento constante y la saturación de información semejan a un infarto provocado por la obesidad del propio sistema.
La paradoja definitiva de nuestra era es que las murallas y los protocolos de seguridad son inútiles frente al colapso psíquico y estructural que genera la sobreabundancia. Cuando desaparece la negatividad del enemigo, el sistema simplemente implosiona por saturación. La verdadera amenaza ya no se esconde en las grietas del poder esperando para destruirnos; está en la superficie, iluminada por pantallas, impulsada por nuestro propio consentimiento y disfrazada de libertad. ¿Somos capaces de verla?