Evocación de Pancho Liguori

Edomex /

El pasado 22 de septiembre de 2025 se cumplió el aniversario luctuoso número 22 del epigramista mexicano —orizabeño, para mayor referencia— Francisco Luguori Jiménez (1917-2003), muy conocido en aquel México finisecular por sus libros, desde luego, entre los cuales se cuentan una ejemplar semblanza de Renato Leduc (1966) y una amplia biografía de Gabino Barreda (1967), pero sobre todo por sus epigramas para el diario Excélsior, que también eran leídos por él en el programa Sopa de Letras, conducido por Jorge Saldaña en Canal 13, en los años 80.

En aquel programa de televisión me detengo un momento. Participaban el escéptico Pedro Brull, el lingüista Arrigo Coen Anitúa, el arquitecto Ramón Cruces, el filólogo Ernesto de la Peña, el poeta Gabriel del Río, el investigador Leonardo Ffrench Iduarte, el lexicólogo Carlos Laguna, el lexicógrafo Gerardo Ocampo, el profesor español Felipe San José, el abogado Alfonso Sierra Partida, el etimologista Alfonso Torres Lemus, la periodista y psicoanalista Tere Vale, el paremiólogo Roberto Villaseñor y, precisamente, don Francisco Liguori Jiménez, quien en un apartado casi especial del programa leía sus composiciones.

El preparatoriano que yo era entonces no perdía detalle de las conversaciones eruditas de quienes coincidían motivados por el interés de desentrañar etimologías, precisar usos, encontrar afinidades y vínculos entre lenguas, aludiendo a expresiones populares, dichos, refranes, sentencias y toda índole de palabras y frases que dan sentido al habla de nuestros días en México. Me sorprendía el vasto conocimiento reunido en esas conversaciones dirigidas por Jorge Saldaña, a partir de las preguntas del público, que llegaban y llegaban sin parar y que nutrían la charla, en la que todos participaban por igual, durante más de una hora cada semana.

Era la mesa más erudita de la televisión mexicana de entonces, y casi podría afirmar que no se ha repetido ninguna otra igual, ni siquiera el encuentro “La experiencia de la libertad” organizado por la revista Vuelta para Televisa en 1990, ni las charlas de Alejandro Aura denominadas “Entre amigos” transmitidas por Imevisión, cuyos propósitos, claro está, iban por otro camino; la calidez de la conversación, sin embargo, hacían de aquellos Sábados con Saldaña una materia inolvidable.

Todo esto lo recuerdo porque ahí escuché por primera vez las satíricas composiciones breves de don Pancho Liguori, ingeniosas y cultas, llenos de fino humor incomparable. Por ejemplo, escribió un epitafio para sí:

Aquí yace un penitente

de quijada prominente

y que tuvo a bien morirse,

pues se le ocurrió reírse

a mandíbula batiente.

Y claro, no exentó el calambur de sus inmoralejas:

Eneas, mi perro querido

murió, y aunque no lo creas

tanto, tanto lo he sentido

que, aun estando bien dormido,

siento que me lame Eneas.

Era un poeta popular, a eso aspiró siempre, orgulloso de ser, decía, cronista de su tiempo y, por ende, periodista. 22 años han pasado desde su partida; bien haríamos en recordarlo leyendo de nuevo sus epigramas, que seleccionados y estudiados están por Fernando Díez de Urdanivia en el volumen Pancho Liguori / Presencia de un poeta en el mundo del humor (Luzam, 2009).

Las gentes se dividen en dos categorías.

En dos categorías se dividen las gentes:

Los tontos son aquellos que piensan tonterías

Y los que las cometen son los inteligentes.


  • Porfirio Hernández
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