Santa Anna bajo la lupa de Carlos Olvera

Estado de México /

La historia de México tiene sus fantasmas recurrentes, pero ninguno es tan persistente ni tan complejo como el de Antonio López de Santa Anna; alabado como “Héroe de la Vera Cruz” y prácticamente autonombrado “Su Alteza Serenísima”, execrado como el gran traidor que cedió la mitad del territorio nacional, su figura ha sido un imán para la crítica historiográfica y la narrativa mexicana, desde las crónicas decimonónicas hasta el psicoanálisis literario de Enrique Serna. Sin embargo, pocos autores han logrado lo que el maestro Carlos Olvera (1940-2013) fraguó durante veinticinco años de esmerada escritura: bajar al caudillo del pedestal de bronce para sentarlo a la mesa, rodeado de vapores de cocina y realidades escatológicas.

Este próximo sábado 16 de mayo, a las 12:00 horas, el Centro Tolzú, en Toluca, se convertirá en el escenario para redescubrir este legado con la presentación de "En Manga de Clavo y El vuelo de la hilacha", obra editada por el Fondo Editorial del Estado de México (FOEM). La presentación de esta nueva edición contará con la participación de José Luis Herrera Arciniega y Alonso Guzmán, dos escritores que no solo admiran la obra de Olvera, sino que han sabido ponderar su lugar en la “novela del dictador” latinoamericana, situándolo a la altura de gigantes como Asturias o García Márquez.

La propuesta de Olvera es, en términos literarios, un banquete para los sentidos, pues sin duda se trata de la narrativa más acabada del maestro. A través de un estilo que la crítica ha denominado “grotesco gastrocéntrico”, el autor nos presenta a un Santa Anna cuya soberanía no reside en decretos, sino en su aparato digestivo; para este personaje, el bienestar del país es directamente proporcional a su permeabilidad intestinal, de ahí su famosa sentencia: “Colon tranquilo, equidad. Rectum expedito, progreso nacional”. Aquí, la política mexicana del siglo XIX no se explica mediante ideologías, sino como una serie de flujos, digestiones e indigestiones que marcan el ritmo de la nación.

El libro nos ofrece un retrato fragmentado pero contundente que recorre hitos clave: desde el ascenso oportunista de 1832 en su hacienda Manga de Clavo, desde donde el general planea pronunciamientos militares entre recetas de pescado blanco relleno, hasta la herida narcisista de la derrota en San Jacinto (1836) y el caos de la invasión estadounidense en 1847. Olvera no busca la biografía rigurosa, sino una epistemología corporal donde los malestares físicos del dictador —la gota, los eructos y los retortijones— funcionan como una interpretación del fracaso nacional.

Lo que otorga a esta obra un valor literario excepcional es su hibridación lingüística. El maestro Olvera despliega un conocimiento profundo del idioma, mezclando el léxico culinario refinado (como el Montrachet o el Pouilly-Fuissé) con la vulgaridad cruda del lenguaje militar y popular (“hijos de la chingada”, “pendejos”). Esta polifonía lingüística es el reflejo exacto de un México decimonónico fracturado, que aspiraba a la elegancia europea mientras chapoteaba en el desorden de las asonadas.

Asistir a la presentación de este libro es, por tanto, una oportunidad para justipreciar al mejor Olvera, un autor de una autocrítica feroz que prefirió pulir su obra durante décadas antes que entregar un borrador incompleto. En sus páginas, la historia de México deja de ser un texto estático para convertirse en un ensamblaje de deseos, banquetes y ruidos intestinales que hoy podemos escuchar en este libro original y satírico.

Al final, la “hilacha” que da título al libro simboliza la fragilidad de un poder que, a pesar de sus delirios de grandeza, termina convertido en el polvo del camino; como bien señaló su autor: la historia nacional no se escribió en mármol, sino en manteca hirviendo. No pierdan la oportunidad de sentarse a esta mesa literaria y comprender, de cuerpo entero, al villano que tuvimos por destino.


  • Porfirio Hernández
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