Las moscas y los robots

  • Columna invitada
  • Raúl Ramos López

Ciudad de México /
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Luis M. Morales


Noviembre de 1948. Un antiguo monasterio trapense cerca de Shijiazhuang, China. Veinte estudiantes campesinos escuchan a un hombre de acento extranjero, apenas metro y medio de estatura, subido —como siempre que operaba— a un banquito. Se llama Leo Eloesser, cirujano de tórax y profesor de Stanford, que acaba de dejar los quirófanos más sofisticados de su tiempo para inaugurar un curso de salud rural. Dice:

“La salud es el derecho de todos, no el privilegio de unos pocos favorecidos. La salud del pueblo puede lograrse. Lograrse no con los métodos complicados y costosos de las operaciones quirúrgicas hechas en las torres de marfil de quirófanos climatizados y con equipo eléctrico, sino con medios ordinarios al alcance de cualquiera: matando moscas y piojos, tratando adecuadamente las aguas negras, con limpieza y con una vida digna”. 

Esa frase, setenta y ocho años después, debería incomodarnos. Hoy discutimos si la medicina mexicana del futuro se construye con brazos robóticos y “alta especialidad” —mientras en Chiapas, Guerrero o la sierra michoacana la pregunta sigue siendo si habrá quien atienda un parto o reconozca a tiempo una apendicitis.

Eloesser no era un romántico ingenuo del retraso tecnológico. Fue pionero real de la cirugía torácica —el “colgajo de Eloesser” para el empiema tuberculoso todavía se enseña—, profesor de Stanford a los 31 años y amigo entrañable de Frida Kahlo, quien le pintó dos retratos en gratitud. Vivió en la cima de la medicina de su tiempo.

Y sin embargo, a los 56 años cruzó el Atlántico para operar como voluntario en la Guerra Civil española. Después de la Segunda Guerra Mundial viajó a una China desgarrada por su propia guerra civil, primero bajo mandato de la ONU y luego de la OMS, y ahí tomó una decisión que resume su pensamiento: importar hospitales costosos y enviar médicos chinos a especializarse al extranjero no ayudaría a la salud del pueblo. Hacía falta gente capaz de ejecutar medidas preventivas simples: vacunar, enseñar higiene básica, asistir partos.

De ese principio nació el curso que dictó en Shijiazhuang, germen del modelo de los “médicos descalzos”. Él mismo se autodenominó, con humor, “Marco Polo médico”: un políglota que hablaba nueve idiomas, don que le permitió enseñar y aprender sin intermediarios en cada lugar donde ejerció.

Ya septuagenario no se retiró: se instaló en Tacámbaro, Michoacán, sostuvo una clínica gratuita para campesinos y editó —en chino, español e inglés— su manual de formación de parteras rurales, publicado en 1953 como Assembly Line for Country Midwives. Tres meses antes de morir obtuvo la ciudadanía mexicana y recibió la Medalla Presidencial por su trabajo con los pobres del país que adoptó como propio. Murió en 1976, camino a Morelia buscando atención médica, tras pasar su último día atendiendo pacientes. En su testamento no dejó fortuna a herederos ni instituciones con su nombre —pidió que nadie lo usara para pedir donativos—; constituyó un fideicomiso en el Banco Nacional de México para becar estudiantes de medicina de toda Latinoamérica.

¿Por qué importa esto para México en 2026?

Porque el falso dilema —robótica versus medicina rural— ya fue resuelto una vez, no en la teoría, sino en la biografía de un solo hombre que hizo ambas cosas sin traicionar ninguna. Brasil, con su programa de médicos rurales de carrera federal, ha logrado altísima ocupación de plazas en municipios antes desatendidos. En el extremo tecnológico opuesto, hospitales de Chile y Argentina ya conectan a cirujanos de alta especialidad para guiar o mentorear procedimientos robóticos a distancia, con la mira puesta en ejecutar cirugías completas de forma remota en el futuro cercano; Coahuila tiene ya su propia versión: desde 2024, la Secretaría de Salud estatal opera un Centro de Telemedicina que conecta por videoconferencia a 133 centros de salud de las ocho jurisdicciones sanitarias con especialistas en Saltillo, con más de 15 mil consultas para comunidades alejadas.

México tiene ya, sin saberlo del todo, su propio experimento en marcha con el programa IMSS-Bienestar, que merece su propio análisis, y confirma algo que Eloesser ya sabía: la brecha rural no se cierra con buenas intenciones, sino con decisiones deliberadas de distribución del conocimiento médico.

La cirugía robótica no es el enemigo de la medicina rural. Lo sería únicamente si construimos nuestro sistema de salud pensando que la alta especialidad es el destino y la atención rural el pasado que hay que superar. Eloesser nos legó la corrección de ese error: la alta especialidad solo se justifica moralmente si tiene, desde su diseño, un mecanismo para descender hasta la aldea. Todo lo demás es, en sus palabras, apenas un método costoso si no consigue matar las moscas primero. Hoy matamos muchas menos moscas que en 1948, pero el dengue —criado también en el agua estancada y el saneamiento incompleto— nos recuerda que esa tarea elemental de salud pública sigue pendiente.

Setenta y ocho años después de aquel discurso en un monasterio chino, la pregunta de Eloesser sigue exactamente donde la dejó: ¿para quién es, en realidad, la medicina de punta que estamos construyendo?

Porque la información, dada con compasión, salva vidas. 


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