El precio de la acción de Disney lleva varios años estancado, pero eso no quita que se trata de una empresa que vale como 170 mil millones de dólares. Su marca es una de las que goza de mayor reconocimiento a nivel internacional, y tiene negocios extraordinariamente sólidos. Tan solo en el primer trimestre, por ejemplo, reportaron ingresos totales de más de 25 mil millones de dólares, y en donde la división de Parques y Entretenimiento aportó como 9 mil millones.
Hace unos días escuché el último episodio de “Acquired”, uno de mis programas de pódcasts preferido. Ese episodio se trata de la historia de Disney, enfatizando los primeros años.
Es verdaderamente bueno, lleno de anécdotas y datos que ayudan a entender todo lo que tuvo que pasar para que Walt y Roy Disney pudieran construir los cimientos de la organización que hoy todos conocemos.
Entre todo lo que escuché, un dato me sorprendió más que todos los demás. Walt Disney, el fundador y visionario, murió en 1966. Para ese entonces llevaban ya varios años siendo el estudio más exitoso en el cine, gracias sobre todo a las películas animadas (un concepto que básicamente él inventó), tenían ya un primer parque funcionando, y estaban revolucionando la televisión con sus programas. Walt muere siendo uno de los principales empresarios de su época.
Sin embargo, nada de lo que él vio a lo largo de su vida y de su carrera como emprendedor, se compararía con lo que vendría después: de acuerdo con los analistas, el 99.5% del valor histórico que Disney ha creado se generó después de la muerte de Walt.
Walt Disney arranca desde abajo y sin ningún tipo de ventaja, y en los inicios de su carrera se enfrenta a varios fracasos importantes. Pero hay una constante en todos sus proyectos: se la juega. En los momentos clave de la historia se nota que Walt toma decisiones que arriesgan todo lo que tiene, con tal de lograr algún objetivo que sonaba absolutamente fantástico para la época.
El resultado termina siendo que en el espacio de unas cuantas décadas crea los cimientos sobre los cuales otras personas podrían después construir lo que Disney es hoy —esa inconfundible marca y los negocios gigantescos.
Es impresionante, y de cierta forma, similar a lo que más recientemente sabemos de emprendedores como Steve Jobs o Elon Musk.
Decir “voy a crear algo que nadie ha hecho y que todos creen que es imposible, y con tal de lograrlo me voy a endeudar al máximo nivel y me voy a jugar hasta mi reputación”… no es para todo mundo.
La otra gran reflexión que quiero hacerme es si yo soy capaz de visualizar lo que alguien más pudiera llegar a construir encima de mi propio proyecto. ¿Estoy construyendo los cimientos para que quien me siga pueda poner encima un edificio muchísimo más grande que lo que yo soñé?
Billonarios chinos
Hay algo así como 30 billonarios en China que tienen menos de 40 años y que llegaron a ese nivel gracias a sus emprendimientos. Algunos se hicieron ricos emprendiendo proyectos relacionados con inteligencia artificial o con plataformas digitales, otros porque crearon marcas o empresas de entretenimiento (tipo la que está detrás de los Labubu) y varios otros por haber creado cadenas de tiendas y restaurantes. Lo más interesante es que básicamente ninguno llegó a ese nivel con el tipo de proyectos que antes generaban billonarios en China (empresas relacionadas con el estado, desarrolladoras inmobiliarias, etc.) y también que prácticamente todos ellos han sido muy exitosos con las operaciones de sus empresas en otros países.