LA NUEVA ESCUELA MEXICANA

  • Perspectiva Jurídica
  • Ricardo Cisneros Hernández

Laguna /

Desde hace varias décadas los gobiernos en turno han cambiado sustancial y sucesivamente el sistema de educación.

Ahora, tenemos La Nueva Escuela Mexicana que, como antes, para romper con los paradigmas establecidos, subordina la educación a la ideología y la política.

Los cambios radicales y continuos han impedido que cada nuevo programa madure y sea cabalmente comprendido y asimilado por los maestros y alumnos.

En las políticas de educación se debería considerar que todo sistema es un conjunto de cosas o normas que subordinados a una idea u objeto central se ordenan jerárquicamente. Y que requiere de tiempo para ajustarse y funcionar adecuadamente.

Un programa integral debe contemplar todos los grados de la educación, subordinados a la idea central de que la preparación académica, intelectual y emocional es necesaria para interactuar satisfactoriamente en la compleja red de relaciones sociales.

La jerarquía entre los diferentes niveles de la educación es una necesidad evidente: no se puede acceder con éxito al nivel superior sino se han adquirido los conocimientos del nivel inferior.

Los frutos de un sistema exitoso reportan beneficios individuales y sociales. 

A las personas les da la posibilidad real de superarse; al país el acceso al desarrollo científico, tecnológico y socioeconómico.

Por el contrario, un sistema defectuoso ahonda la pobreza y la desigualdad, paraliza la movilidad social; y condena a las naciones al subdesarrollo.

Además del daño evidente que provocan los cambios continuos, La Nueva Escuela tiene dos ejes perniciosos: 

Que no haya evaluaciones para el asenso de los maestros ni alumnos de primaria reprobados.

Bastan con eso para anticipar la ruina de la educación pública y privada; y el aciago futuro de los niños y jóvenes que deficientemente preparados enfrentarán un mundo que cada día exige mayores niveles de capacidad y competitividad.

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