La semana anterior escribí que el neoliberalismo es una teoría y práctica de política económica para la reorganización del capitalismo global.
Que se característica por su voluntad de totalidad que lo lleva a equiparar el funcionamiento y fines del Estado a los de la empresa privada; y por insertar la competencia deshumanizada en todas las relaciones sociales.
Ahora me toca referirme a sus perjudiciales excesos. Inicio anotando que en su definición están las raíces de sus efectos nocivos.
En efecto, en su aspiración totalizadora concibe al mercado como el árbitro que define y subordina al Estado; y como el ente capaz de resolver los problemas bajo el supuesto que sus leyes multiplican los bienes y corrigen los excesos o defectos de su distribución.
Así, el Estado es despojado de dos de sus elementos esenciales: la creación y aplicación del orden jurídico y el bienestar social.
Y es reducido a ser un espectador y garante de los intereses de las corporaciones trasnacionales.
Esta distorsión y disminución del Estado ha conducido a que los gobiernos sean, prácticamente, manipulados por élites de tecnócratas obsesionados con la obtención de ganancias: no para el bienestar social, sino para ellos y las transnacionales.
Eso se ha obtenido con el doble juego de los actores políticos que son a la vez gobernantes y empresarios que disponen del patrimonio público como propio; la desregulación de los mercados financieros; el abatimiento de los sindicatos; la precarización del trabajo y la seguridad social.
Es cierto que el Estado tampoco ha sido capaz de formar una sociedad justa y equitativa; pero, está visto, que es peor el neoliberalismo desenfrenado.
Por eso, debería haber un sano equilibrio entre los fines más altos del Estado, los intereses empresariales y el bienestar general. Este será el próximo tema.
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