Cuando el presidente López Obrador por fin ganó las elecciones en 2018, recibió un país descuidado en muchos frentes, con datos alarmantes en temas de seguridad, homicidios, violación de derechos humanos, en la cobertura de servicios de salud, un sistema educativo que parecía más sujeto a intereses de grupo que de los educandos, entre otros. Oxidado en las formas y protocolos en los que no cesaban argumentos monótonos de que todo funcionaba de maravilla. Abollado por una corrupción que ha mostrado no ser un tema exclusivo de amigos, estatus, color, época, educación, sino de esa conveniencia que invade por igual a públicos y privados; así como una impunidad que se ha visto reflejada en una justicia selectiva alejada del mandato constitucional. Le dejaron pues, algo así como una carcacha presidencial que, si bien se movía y era de las 15 mejores marcas del mundo, no llevaría al país a donde tanto se le ha prometido.
Ese cambio de estafeta presidencial era el momento ideal para que, ahora sí, se repararan todos los pormenores de esa carcacha que, como dirían los restauradores de autos clásicos, requeriría de mucho esfuerzo para regresarla a sus días de gloria. Evaluarla, modernizarla, ver qué refacciones faltan y conseguirlas; acudir con gente experta en tecnología, seguridad y todo lo que se necesite. Además, por supuesto, de evitar falsas expectativas de que quedaría lista en poco tiempo para no tener que improvisar soluciones cosméticas, con gente sin experiencia, cambiando piezas esenciales por otras de dudosa calidad o procedencia. O de plano, desentenderse de todo para dedicarse a, por ejemplo, ponerle unos espejos retrovisores de última generación que permitan ver hacia atrás para presumir lo que ya quedó en el camino y al mismo tiempo afirmar que “se sigue avanzando”, aunque a una velocidad dramáticamente más lenta de lo que realmente se podría.
Un buen auto siempre requerirá de un buen conductor. Experimentado al volante, que sepa cuándo ceder el paso, cuándo acelerar o frenar, cuándo exigir o cuándo quedarse callado; una persona consciente de lo que significa conducir, no desde las vísceras, sino con inteligencia, estrategia, conocimiento, prudencia y cuidado. El segundo informe de gobierno está a la vuelta de la esquina. Si esa carcacha heredada, descuidada, oxidada, abollada y con fallas técnicas que impiden llevar a la gente a donde se le prometió, no es reparada y se garantiza un buen conductor, el riesgo está ahí adelantito. En el siguiente volantazo de emergencia que inevitablemente ocasionará más desempleo, pobreza, desigualdad, injusticia, corrupción, impunidad y pérdida de vidas, de lo que ya ha dejado a su paso.
* Abogado especialista en análisis de políticas públicas en materia de justicia y estado de derecho.
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