Antilogía

El genocida de Culiacán

Ricardo Monreal Ávila

Diecisiete de octubre de 2069. Hoy se cumplen 50 años del genocidio de Culiacán, la tragedia que cambió para siempre la seguridad nacional, la seguridad pública y la procuración de justicia en México.

Medio siglo después, aún no se sabe el número exacto de las víctimas de aquella masacre, que superó la matanza de Tlatelolco y la tragedia de Ayotzinapa juntas.

“Tan solo en la morgue de Culiacán yo conté 63 cuerpos, 11 de ellos, menores de edad”, escribió Casandra González, una reportera del semanario Ríodoce, especializado en cubrir este tipo de eventos sin censura alguna, en una crónica titulada “¿Iban por Ovidio o por un Ofidio?”.

“Hubo más víctimas que lo informado por las autoridades. Alrededor de 200 sicarios de Cosalá, Costa Rica y Eldorado, entrenados paramilitarmente para enfrentar lo mismo a las fuerzas armadas oficiales que al cártel rival de Jalisco, recogieron y se llevaron a sus muertos, más de 30, todos jóvenes de 15 a 25 años, armados con fusiles de asalto nuevos, granadas y metralletas Barrett”.

“La mayoría de estos morros cayeron abatidos por dos helicópteros artillados Blackhawk que impidieron que ingresaran en la ciudad, por la entrada de Badiraguato y de Mazatlán. Mientras que en el centro de la ciudad y en el fraccionamiento Tres Ríos, donde capturaron a Ovidio Guzmán López —quien posteriormente resultaría abatido, junto con cinco integrantes del comando especial que había ingresado al inmueble—, los cuerpos de sicarios, civiles y militares se contaban por decenas”. El saldo final de víctimas mortales rebasó los 200 muertos”.

Aunque se reconoció desde el primer momento que el operativo de captura había sido deficiente, precipitado y fallido, la decisión del más alto nivel por continuarlo “cueste lo que cueste, y a toda costa” desnudó al primer gobernante de izquierda en la Presidencia de la República, cuya divisa central en materia de seguridad había sido “la violencia no se combate con la violencia” y “la paz y la tranquilidad son frutos de la justicia”.

La masacre alejó del pueblo al Presidente más cercano a la gente que había tenido el país en muchos años. Por “razón de Estado” se espaciaron sus giras semanales, volvió a cercarlo una milicia de guardias presidenciales y, a pesar de que los responsables directos salieron del gobierno, la presión internacional para que renunciara “el genocida de Culiacán”, “el carnicero de Sinaloa”, “el Díaz Ordaz de la izquierda” fueron irrefrenables.

En México y en la Corte Penal Internacional se presentaron sendas denuncias por “violaciones graves de los derechos humanos”, por “crímenes de lesa humanidad”, que al final no prosperaron, pero sí minaron la credibilidad, la legitimidad y la autoridad moral del gobierno que había puesto en marcha el programa de reformas más ambicioso de la vida nacional, conocido popularmente como 4T, y que en Culiacán sucumbió ante un cuatro-te delincuencial.

Lo peor de todo es que aquel acto de autoridad, que se presentó como un “punto de inflexión” contra la impunidad y la violencia, produjo todo lo contrario. Privó la paz de los sepulcros, la ley del más fuerte, y el país siguió desangrándose en una guerra civil no convencional. Con aquella masacre murió también la última esperanza de alcanzar la paz y la conciliación a través de la justicia.

… Esta es la historia que, afortunadamente, se evitó escribir el pasado jueves.

ricardomonreala@yahoo.com.mx
@RicardoMonrealA

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