Cuenta la escritora estadunidense Rebecca Solnit que, en el verano de 2003, acompañada de una amiga fue invitada a cenar a la residencia de un señor cuya fortuna se ostentaba en cada rincón de la propiedad.
Cuando la velada estaba por concluir, el anfitrión se aproximó a ambas invitadas para interrogar a Solnit sobre los libros que había escrito. Ella refirió a su última publicación sobre el fotógrafo inglés Eadweard Muybridge, pero antes de poder articular una segunda frase Mr. Importante la interrumpió para recomendarle la lectura de un libro recién llegado a las librerías el cual versaba también sobre la vida de ese artista.
Solnit y su amiga quedaron paralizadas cuando el anfitrión presumió ser un gran conocedor de los argumentos del libro recomendado. Tan concentrado estaba aquel varón en sus profundas revelaciones que fue incapaz de escuchar, en tres ocasiones distintas, que tenía frente a sí a la autora del texto que estaba citando tan profusamente.
Años después, esta anécdota sirvió a Rebecca Solnit para redactar un artículo que se volvería muy famoso: Men Explain Things to Me (Los hombres me explican cosas). Se trata del mismo que daría origen a un término que hoy se encuentra en la mayoría de los diccionarios de lengua inglesa: mansplaining.
Tal como hizo Mr. Importante en aquella ocasión, la palabra refiere a la actitud de explicar algo a alguien, de una manera condescendiente y paternalista.
Como bien dice Solnit, no se trata de una falla universal de los hombres, sino de la intersección entre la excesiva confianza y la absoluta ignorancia de alguna (buena) parte de ellos (nosotros).
Hace unos días, una joven finlandesa de nombre María me confió que, en su país, para referirse al mansplaning existe el concepto de setäily, cuya traducción al castellano sería algo así como hacerle al tío. (Si se fuerza, la traducción del verbo setäily derivaría en algo así como tiar).
Llamó mi atención porque —con algo de sentido del humor— permite incluir dentro del concepto de mansplaning a la condescendencia que también se ejerce entre Mr. Importante y Mr. menos-Importante, así como las veces en que a una mujer le da por tiar a sus sobrinas, sus sobrinos, y el resto de la prole.
Comoquiera, gracias a María en este texto puedo hablar del tío (o tía) que todas las personas llevamos dentro y que miro —acaso porque el feminismo nos ha hecho tomar puntual consciencia— como un fenómeno que se expande con desbocada impunidad.
<< ¡No te pedí opinión ni consejo! >>.
<< Perdona, lo hago en automático y es obvio que los necesitabas >>.
Cientos, quizá miles de veces he participado en una conversación como emisor de la primera frase, o bien de la segunda. Prácticamente en igual número de ocasiones la charla tuvo lugar en silencio, porque respecto de este tema es difícil atreverse a incordiar con la verdad.
Rebecca Solnit concluye su narración de aquel episodio en la elegante cabaña contando que tanto ella como su amiga rieron a carcajada abierta después de que Mr. Importante tomó conciencia del ridículo que había hecho, y que fue esa risa la que les permitió abandonar el sitio sin verse obligadas a decir nada más.
Te digo (me dices) cómo hay que vivir. Me explicas (te explico) cómo hay que hacer fortuna. Te aconsejo (me aconsejas) cómo educar. Me ilustras (te ilustro) cómo debes trabajar.
Le hago al tío, pues, mientras te desoigo y a la vez te abrumo con mi filosofía del todo. Te impones y refieres citas que no recuerdas bien. Te receto culteranismos de autoayuda. Me descalificas con argumentos como “yo que sí te conozco,” “tú que estás joven,” o “los de tu edad que ya no entienden de estas cosas”.
Todo se vale en la conversación del tío: juvenear, esnobear, invisibilizar, desestimar, pendejear, infantilizar, ridiculizar; la cuestión es subordinar a la persona que se tiene enfrente —desestimarla por ser mujer, viejo, morena, calvo, corpulento, insegura y así el largo etcétera— antes de someterla a una sabiduría que presuntamente le es ajena.
El tío que todos llevamos dentro suele ponerse siempre como ejemplo. El tío de la política nos mira con lástima antes de sermonear cuando no compartimos sus aversiones políticas. El tío del capital tiene una y mil recetas de superación personal. La tía del amor te carga la cena de Navidad con sus lugares comunes. El tío hipocondriaco diagnostica con solo mirar. La tía de las dietas se las sabe de todas todas.
De terror es también el tío que da consejos sobre cómo seducir mujeres o cómo someterlas.
Más recientemente apareció una nueva especie de mansplainer: el tío de las redes sociales. Apenas incluí en mi lista a un sujeto (supongo que debe ser hombre) que en Facebook se hace llamar Pepper Lau.
La semana que está a punto de concluir me aconsejó comprarme urgentemente un “bra Lovable AAA”, después de etiquetar una fotografía mía en donde mis pectorales se asoman bajo una camisa, según yo, sin estorbar a nadie.
A este respecto nada se compara con el mansplaning. Se vencen difícilmente los consejos no pedidos del varón condescendiente, siempre alimentados con la muy mala leche del patriarcado, sobre todo cuando son arrojados contra una mujer.
La majadería sexista y sexualizante envilece peor a los tíos cuando el anonimato los oculta dentro de su miseria.
En el otro extremo está el tío de WhatsApp, quien suele intensear a deshoras. Te chantajea cuando no llamas a primera hora a quien cumple años, abusa de los emoticones y los mensajes de voz con tono acaramelado, es incapaz de llamarte por tu nombre y utiliza diminutivos o traducciones al inglés para luego asestarte la amonestación del día.
Antes de concluir regreso al argumento de Solnit cuando dice que el mansplainer reúne dentro de su cabeza a un sujeto confiado en exceso con otro que es tremendamente ignorante, y me interrogo sobre la misteriosa razón que permite al tío creído no caer de rodillas al descubrirse como el tío cándido que realmente es.
Es dable opinar o dar consejo sin pasar por encima de la dignidad de la persona con la que se conversa, lo es también hacerlo después de prestar atención a la compleja existencia de quien se tiene enfrente. Pero, para que tal cosa ocurra, habríamos antes de prohibirnos tiar, rotunda y definitivamente. Hasta aquí mi consejo para hoy. ¡Ups!
Ricardo Raphael
@ricardomraphael