De plano es difícil entender por qué Morena decidió lanzarse al barranco de la derrota con su propuesta de reforma electoral.
Desde la semana pasada lo dijo Ricardo Monreal, líder del partido guinda en la Cámara de Diputados: ni yendo en procesión a visitar al Santo Niño de Atocha se iba a lograr el milagro de sacar adelante esta iniciativa.
En retrospectiva pareciera que fracasar siempre fue el objetivo. El desastre comenzó cuando la presidenta Claudia Sheinbaum nombró a Pablo Gómez como cabeza de la comisión encargada de redactar la propuesta.
Este político veterano es conocido, desde las épocas en que militó dentro del Partido Comunista, como un hombre a la vez intransigente y arrogante. ¿Por qué encargarle a un sujeto con estas taras la encomienda de operar los consensos y de conciliar los diferendos entre Morena y los demás partidos?
Esta sería la primera evidencia sobre la decisión de hundir la reforma. La segunda fue desestimar, casi desde el primer día, a los partidos aliados: el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM).
En vez de construir con ellos el texto de la reforma, las dirigencias de ambas fuerzas no tuvieron acceso a la iniciativa sino hasta el último momento. En efecto, se les pidió que firmaran un contrato en blanco sin conocer su letra pequeña.
Esos mismos líderes solicitaron en varias ocasiones reunirse con la presidenta Sheinbaum, pero ella se negó y todas las veces los mandó a hablar con sus subalternos.
Luego vino la decisión de señalar al PT y al Verde como partidos traidores.
“Asumimos el ataque —declaró en tribuna la diputada del PT, Lilia Aguilar Gil— (aunque) nunca pensamos que vendría de nuestros hermanos de clase.”
Era ingenuo suponer que el PT y el PVEM iban a avalar una reforma que recortaría sus prerrogativas y también el número de sus senadores y diputados. Nadie está obligado a lo imposible y en este caso Morena exageró al demandar que se inmolaran por amor a la cuarta transformación.
No hay que descartar que Sheinbaum, desde un primer momento, haya renunciado a la obligación de resolver este último pendiente de la agenda heredada por Andrés Manuel López Obrador.
Zoom: no fue por falta de destreza política, sino porque la reforma electoral le tenía sin cuidado; aunque montó todo un teatro, la mandataria supo siempre que no iba a invertir capital político en su aprobación.