Subió esta semana a la pantalla mexicana un filme que me trajo con nostalgia la memoria de otras épocas en que llegué a suponer que la política no tenía que vivirse del todo divorciada de la decencia. Me refiero a Grazia: la belleza de la duda del cineasta italiano Paolo Sorrentino.
No es que con el tiempo haya curado mi ingenuidad, la nostalgia se debe a que mientras me fui haciendo mayor, la política, a nivel planetario, se volvió peor de lo que pudo haber sido cuando tuve edad para aproximarme por primera vez a ella.
Grazia es una metáfora para entender el poder, tal como se ejerce en el presente. A diferencia de otros relatos que exhiben sus llagas más podridas, la inteligencia de Sorrentino produce un corto circuito al confrontar la imagen de lo que podría haber sido, con lo que está sucediendo.
El personaje principal de este filme italiano se llama Mariano De Santis, un hipotético presidente de Italia que está a punto de dejar el poder, pero antes deberá tomar decisiones cuya trascendencia marcará su último legado.
El primer contraste de este sujeto, con los líderes que hoy dominan el planeta, es que este político hace de la duda su principal insumo para tomar decisiones. Nada tendría de extraordinario que un ser humano, sin importar que ejerza o no de presidente, recorra antes de elegir, cada arista o consecuencia de sus actos.
Y, sin embargo, resulta que sí es extraordinario, porque vivimos en un tiempo en el que los políticos que no presumen tener todas las certezas y soluciones no pueden ser políticos.
Pareciera que antes de contratarlos llenan un formulario que les obliga, en caso de conseguir el puesto, a practicar la respuesta rápida, el autoengaño y el discurso de la propaganda. Porque eso es la política a la hora actual: un ritual de espejos donde cada cual ametralla con sus certezas, mientras intenta hacer pasar por universal su subjetividad. En este escenario los destellos de verdad que llegan a asomarse en el horizonte obviamente terminan distorsionados.
La carencia de escrúpulos se volvió un mal altamente contagioso. Por eso el estilo de Donad Trump, Vladímir Putin, Javier Milei, Benjamín Netanyahu o Nayib Bukele, entre tantos otros, no es ya una excepción, sino el referente planetario dominante.
Aún más jodido resulta que tanta demagogia, salida de las casas presidenciales y los congresos, se haya colado para ocupar la conversación en las reuniones sociales, las pláticas de café o las charlas de sobremesa.
Debo confesar que en estos días me tiene agotado la radicalidad política y también algo estresado. Mientras el cansancio viene del monólogo arbitrario que manipula datos, palabras y eventos, la tensión surge de intuir que las cosas se van a poner peor.
Hubo otros momentos en que disfrutaba discutir de política por largas horas. No había tema público que me provocara más entusiasmo. Confieso de nuevo: hoy miro ese ayer con añoranza. Acaso es por esta razón que me interpeló el filme de Sorrentino.
El presidente De Santis, caracterizado magistralmente por el actor Toni Servillo, tiene sobre su escritorio el último proyecto de ley que debe proclamar: se trata de la legalización de la eutanasia. De Santis es un jurista católico, amigo del papa, educado en los valores tradicionales de la casi extinta democracia cristiana; un político que no se siente cómodo con la estridencia, tampoco con la prisa, la pompa o los fuegos de artificio.
Por eso se resiste a dejar como último legado una pieza de legislación que polarice a la sociedad. Es evidente que preferiría caminar de largo para que sea otro quien tome la complicada decisión.
“Si no la firmo –dice– me acusarán de torturador, en cambio, si lo hago, seré señalado como asesino”. Eso le responde a su hija Dorotea, jurista como su padre, aunque habitante de otra generación.
La tentación para comparar a De Santis con Donald Trump, entre tantos otros, es demasiado grande. Hoy lo que está de moda es justamente polarizar a las sociedades, amplificar “la grieta” como lo llaman en Argentina, pegar de gritos mientras se estigmatiza a quien no piensa como uno.
De Santis sería una especie de Doppelgänger, un doble que arrojado a un dilema similar decide proponer una solución opuesta. El término doppelgänger viene del alemán y no cuenta con una traducción precisa en castellano. Se trata, en efecto, de un doble, pero el significado de la palabra es más complejo.
La escritora canadiense Naomi Klein publicó hace tres años un ensayo muy recomendable para continuar bordando sobre esta hebra de reflexiones: Doppelgänger, un viaje al mundo del espejo (Paidós, 2024). La tesis principal de este libro es que, en alguna vuelta extraña de la rueda de la fortuna, la humanidad se mudó a vivir al otro lado del espejo. Un universo donde el presidente De Santis, por su decencia y racionalidad, sería el hazmerreír, ya que la desvergüenza, la desinformación y la radicalización se volvieron las notas distintivas del baile.
Mientras De Santis duda, el político contemporáneo es alérgico a esa expresión de la inteligencia; mientras De Santis es sólido, Milei es gaseoso; mientras a De Santis lo llaman el hombre de hormigón, Netanyahu es una bomba de nitroglicerina; mientras el primer debate con su conciencia para hacer lo correcto, del otro lado del espejo se estila lo políticamente incorrecto; mientras a De Santis le gusta el silencio, Bukele es estridente; mientras el italiano prefiere las leyes, sus adversarios presumen de ser arbitrarios.
Sólo hay algo en común entre los habitantes de ambos lados del espejo: que a todos se les está acabando el tiempo. Esto no quiere decir que administren de la misma manera sus relojes, porque hay sujetos como Trump que actúan como si su vida fuese eterna.
No somos minoría quienes vivimos hastiados de la banalidad gobernante en este lado del espejo. La caída de los personajes más nefastos se avecina, de eso sí podría haber certeza. Cabe, sin embargo, temer, que antes de que tal cosa ocurra, serán muchos los que persigan los pies de esos líderes a quienes la gravedad les habrá de poner un día en el miserable lugar que su legado les consiguió.