La ingenuidad hizo creer a Jorge Amílcar Olán Aparicio que nadie notaría su tremenda ostentación. De otro modo no me explico la evidencia que aquí y allá fue dejando sobre la riqueza que acumuló en muy poco tiempo, gracias a su amistad con los hermanos Andrés Manuel y Gonzalo López Beltrán.
La anécdota que aquí cuento me la narró un guía mexicano de turistas que vive en Tokio. No menciono su nombre porque así me lo pidió. Doy, sin embargo, un dato: durante los veinticinco años que lleva viviendo en Japón le ha tocado atender a mexicanos muy ricos. Por ejemplo, a los descendientes de Carlos Slim Helú, incluidos sus yernos.
Con todo, afirma, nunca había conocido a un mexicano con tanta disposición a gastar dinero, hasta que le tocó llevar a este nuevo cliente al santuario del emperador Meiji, ubicado en el centro de la capital japonesa.
Al parecer, el sujeto enloqueció con unas farolas antiguas que se hallan en los caminos que, dentro del bosque Meiji, conducen al edificio principal. Al salir del lugar, pidió al guía que hiciera todo lo que estuviera en su poder para conseguirle algunas.
La reproducción de esas farolas antiguas cuesta alrededor de 60 mil pesos, más gastos de traslado. El mexicano no tuvo reparo en pagar por varias de ellas y quedó tan agradecido con su acompañante que, durante el tiempo que convivieron, lo agasajó con propinas de varios miles de dólares.
“¡Nunca en mi vida había visto gastar así a nadie! —insistió—. No se imagina las cuentas de restaurante, las botellas de whisky japonés, en fin, los lujos”.
En ese momento no supo de quién se trataba. No fue sino hasta que lo vio aparecer en un reportaje de un medio mexicano cuando tomó conciencia de quién era Amílcar Olán.
Con esa misma desfachatez que narra el guía japonés, el amigo de los hijos del expresidente se paseaba por aquellas mismas épocas, en México, por las oficinas de Pemex, la Cofepris y Aduanas, de la Secretaría de Marina o de las secretarías de obras en los estados gobernados por Morena.
Zoom: la impunidad vuelve loco a cualquiera, pero deja peor a quien cree, con candidez, que será eterna.