El anuncio de su muerte ocurrió el Día de la Mujer, mañana se cumplirá un año. No pudo escoger mejor fecha alguien que consiguió tanta fama y reconocimiento, entre otras cosas, por ser una mujer que muchos consideraron ejemplar.
Todavía hay quien admira y defiende a Isabel Miranda Torres, como si la historia que la entronizó socialmente hubiese sido cierta y, al mismo tiempo, fueran falsos los muchos testimonios de personas víctimas de su crueldad.
En vez de celebrarla a ella el día de mañana propongo honrar la dignidad y también reconocer el inmenso dolor impuesto sobre las dieciocho mujeres que, según mis cuentas, fueron sacrificadas sobre el altar de sus mentiras.
En primer lugar están Brenda Quevedo Cruz y Juana Hilda González Lomelí. Debido a las acusaciones falsas de la señora Miranda ambas atravesaron, durante casi dos décadas, por la privación de su maternidad, el robo de su juventud, la vejación de la tortura —en el caso de Brenda, por un abuso sexual inenarrable— y por la prisión, en la más envilecida de sus expresiones.
Sobre Juana Hilda ya no existe especulación a propósito de su inocencia: su caso es verdad juzgada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), quien la absolvió de las falsas acusaciones lanzadas por Isabel Miranda y decretó su libertad en junio del año pasado.
En cambio, Brenda Quevedo no ha logrado siquiera que se cierre la instrucción de su caso, en primera instancia. A pesar de contar con toda la evidencia de la fabricación y de conocer la sentencia de la SCJN que arroja por tierra el caso Wallace, el juez Primero de Distrito en materia penal de CdMx, Carlos Alberto Rico Mondragón, tiene suspendida la existencia de Brenda dentro de un minúsculo departamento custodiado por la Guardia Nacional, que le impide pisar siquiera la calle.
Ellas son las víctimas conocidas porque se les expuso como culpables desde el alto tribunal de la publicidad espectacular, precisamente por Isabel Miranda. Sin embargo, detrás de ambas hay una larga fila de mujeres cuya vida también sufrió las consecuencias de su maldad.
En el segundo círculo de dolor impuesto por la fabricación del caso Wallace están las familiares: Enriqueta Cruz, madre de Brenda, quien, con la mayor fiereza decidió desde el primer día defender la inocencia de su hija. Por este motivo vio partir a Omar, el segundo de sus hijos, quien, después de ser amenazado por los golpeadores de la señora Miranda, debió pedir refugio político fuera del país; han transcurrido ya, desde entonces, diecisiete años.
Destaca también María Elena Cruz, la madre de Albert y de Tony Castillo, cuya familia voló por los aires, lo mismo que su patrimonio, cuando la mentira ingresó a su hogar. Fue la primera en pararse en la plaza pública para denunciar todo y también la primera en enfrentar cara a cara a la mujer que destruyó la existencia de sus hijos.
Debe hablarse también de Raquel Dobin, mujer que gracias a su fe pudo acompañar a sus hijos, Jacobo y Salomón, en el inmerecido viaje a los infiernos de la injusticia. El pecado del primero fue haber sido amigo de Hugo Alberto Wallace, único motivo por el que fue perseguido hasta cazarlo y luego exhibirlo, como animal vencido, ante los medios de comunicación.
Salomón, el hijo menor, estaba a punto de convertirse en rabino cuando Isabel logró que lo encerraran en un tutelar de menores, lugar donde permaneció durante varios años. Esta historia le arrebató vocación, juventud, salud y la paz que aún no le llega.
Rosa Morales, la madre de César Freyre, también hizo cuanto pudo para sacar a su vástago de la cueva oscura, dentro de la prisión, donde fue arrojado durante más de un lustro. Una de las pocas veces que le permitieron visitarlo descubrió en su torso las quemaduras del tormento. Luego se enteró del peligroso trastorno de Raynaud que se apoderó de las venas de César, por los muchos episodios de violencia que ella me narró antes de morir.
Siguen en la lista las hermanas de las víctimas: Julieta Freyre y Judith Tagle. A la primera la metieron dos años a la cárcel, junto con su madre, Rosa, con el propósito de forzar una confesión por parte de César. Al salir, en vez de callarse, Julieta decidió denunciar públicamente. Un día logró que la senadora Rosario Ibarra de Piedra atendiera su reclamo, pero su lucha se vio truncada cuando tanta presión sobre su cabeza provocó un infarto cerebral que terminaría arrebatándole la vida.
Judith es la víctima más joven de esta historia. Había cumplido apenas los diecisiete cuando cayó sobre la familia Tagle una maldición que a la fecha continúa persiguiéndola. Desde entonces le arrebataron estudio, el respeto de su comunidad, el amor que se habría merecido, el sosiego y la estabilidad material.
Ámbar Treviño es otra mujer ejemplar de este relato. La abogada que con valentía se hizo cargo de la primera defensa de las víctimas, acción por la cual tuvo que pagar los costos más elevados. Fue violentada dos veces por matones que se identificaron como enviados de la señora Miranda; luego fue detenida, arraigada y acusada como peligrosa secuestradora. A punto estuvo de desaparecer en un traslado, cuando, como ella dice, Dios le concedió amparo y le salvó la vida.
No es la única defensora que se enfrentó a la señora Miranda. También Ivonne Mares fue perseguida; por hacer su trabajo le destruyeron la carrera y sometieron a su familia a presiones infames.
Otra mujer protagonista de esta historia es Vanessa Figueroa, la vecina del edificio de Perugino 6, donde supuestamente fue asesinado el muerto falso. Ella declaró tres veces que en ese inmueble no había ocurrido nada, hasta que Roberto Miranda —hermano de Isabel— la golpeó para que cambiara de opinión. Aquel episodio obligó a Vanessa a migrar, hace ya veinte años, para escapar de tanta saña. Su madre, Leticia Figueroa ha sido pilar de su hija y su nieto, en los momentos más complicados.
Isabel Miranda persiguió también a las amigas y las novias de su hijo Hugo Alberto: Geazul Ponce, Vanessa Bárcenas, Laura Domínguez y Karla Zamudio. A todas las acusó, en algún momento, de ser cómplices del falso delito. Lo mismo hizo con las ex parejas de César Freyre: Keopsi Salazar y Claudia Ordoñez, cuyas vidas –después de haber sido sometidas a la arbitrariedad policial– nunca volvieron a ser las mismas.
Mañana es Día de la Mujer y, a diferencia de Isabel Miranda, el nombre de estas dieciocho víctimas tiene que ser pronunciado en voz muy alta. No solo porque su dolor así lo exige, sino porque, a pesar de tanta mentira, aún sobreviven los efectos de la crueldad. Cuanto antes, Brenda debe recuperar su vida y el resto de estas mujeres merece un reconocimiento social amplio por el sufrimiento experimentado durante todos estos años.