Casi a punto de concluirse la Historia General de la Nueva España, el virrey Martín Enríquez de Almanza ordenó que todos los ejemplares fueran destruidos. Únicamente se salvó la copia que el fraile franciscano, Rodrigo de Sequera, sacó de contrabando de la Nueva España para presentarla ante el cardenal de Florencia, Ferdinando de Medici, quien decidió enterrar el documento dentro de su biblioteca.
Dos siglos después, la Historia General volvió a ver la luz y entonces fue rebautizada como el Códice Florentino. De todos los esfuerzos emprendidos previamente, se trata de la investigación más detallada y rigurosa sobre el mundo mexica y también sobre las primeras décadas coloniales.
A diferencia de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, firmada por Bernal Díaz del Castillo, las Cartas de Relación, enviadas por Hernán Cortés al rey Carlos I de España, la crónica de Francisco López de Gómara, quien jamás viajó al nuevo continente, o las misivas del obispo Juan de Zumárraga, también dirigidas al monarca, el Códice Florentino —si bien coordinado por Bernardino de Sahagún— es una obra colectiva que incluyó a escribas e intelectuales nahuas que por más de tres décadas (1535-1578) se dedicaron a fijar la memoria del encuentro entre dos culturas destinadas, a partir de ese momento, al matrimonio de la posteridad.
La erradicación, el enterramiento y la recuperación del Códice Florentino son metáforas que sirven para denunciar la suerte corrida por otras empresas entregadas a descifrar la historia de México. Así como Cortés, López de Gómara y Zumárraga intentaron manipular los hechos a su favor, Lucas Alamán lo haría respecto a la gesta independentista convocada por Miguel Hidalgo o, en el siglo veinte, José Vasconcelos incurriría en lo mismo cuando narró la revolución de 1910 en función del proyecto político al que él pertenecía.
El historiador británico Paul Gillingham publicó, apenas en noviembre pasado, México, 500 años de historia (Atlantic Monthly Press). Se trata de un esfuerzo monumental (736 páginas) que habrá de colocarse entre los más destacados de su género. Una obra más cercana al Códice Florentino que a la serie de trabajos políticamente doctrinarios o moralmente maniqueos que han dominado el pensamiento historiográfico.
La bibliografía, las notas de página, las imágenes, los mapas y la iconografía son un conjunto que da cuenta de la generosa empresa realizada durante al menos una década para narrar con respeto las muchas versiones producidas alrededor de los hechos constitutivos del México contemporáneo.
Gillingham comienza su relato en 1519 y lo cierra con el arribo de la primera mujer a la presidencia mexicana. Dividió en cinco partes este texto monumental que por su buena prosa logra trazar con elocuencia los retratos clave de la Conquista, el Virreinato, la Independencia, la Revolución y la postrevolución.
En cada momento Gillingham es cauteloso para introducir las interpretaciones de los momentos seleccionados. Por ejemplo, cuando reflexiona sobre la llegada de los conquistadores españoles interrogándose si la suya fue realmente una invasión o en realidad aquella intrusión extranjera fue la mecha que encendió una guerra civil en contra del imperio mexica que ya venía fabricándose.
Lamenta Gillingham que los europeos hayan destruido tanta memoria, tal como lo hizo, por ejemplo, Diego de Landa —el más violento de los sacerdotes españoles— con las estelas y los códices mayas. De Landa fue el primer genocida de las Américas. Las fuentes de la época reportan la tortura de 4 mil 500, el asesinato de 150 y el suicidio de otras tantas personas mayas orilladas por su política exterminadora.
Aquel exceso y otros similares fueron luego juzgados por las instituciones españolas y dieron origen a un arreglo para que las Cortes de Indios se encargaran de regular la vida de las poblaciones originarias, lo que a su vez permitió que éstas sobrevivieran a la colonización preservando su identidad, lengua, tradiciones y autogobierno.
Uno de los aportes más interesantes de Gillingham es la comparación que su conocimiento de la historia sobre las antiguas colonias inglesas le permite hacer para distinguir entre dos biografías nacionales muy distintas: la mexicana y la estadounidense. Subraya el autor el desinterés que sostuvieron los ingleses a la hora de evangelizar a las poblaciones originarias y, en paralelo, las acciones emprendidas para erradicarlas del Nuevo Mundo.
En contraste, con todos sus defectos y consecuencias, los colonos españoles llegaron cargando el mandato de la cristianización y por tanto encontraron maneras de convivir con las personas herederas de las poblaciones originarias, sea a través de la figura de la Encomienda —precursora de las haciendas— o bien respetando la autonomía de los caciques y las comunidades originarias.
Continúa Gillingham su recorrido sin omitir el enorme impacto que para Europa implicó el nacimiento de la Nueva España —un imperio tan importante como el de la antigua España— al punto en que la corona llegó a concebir, mucho antes de que ocurriera, la posibilidad de la independencia.
Con fidelidad, Gillingham hace una parada por la biografía de Miguel Hidalgo y Costilla a quien califica como la “encarnación (a la Voltaire) del pensamiento crítico de la ilustración”. Fue padre de la Independencia porque supo interpretar la crisis de la Nueva España provocada por la permanente distancia emocional de la península ibérica que se agravó después de la invasión de Napoleón I.
Trata Gillingham también con precisión el rol de Vicente Guerrero, el primer presidente negro de América, y a Benito Juárez, el primer mandatario de origen indígena. No se ahorra el historiador la polémica: a Juárez lo presenta como un hombre cerebral que gobernó con la pluma, más que con el discurso de la plaza; un estadista que sabía tomar decisiones difíciles más que un político carismático.
El texto se encamina hacia el final con los argumentos que el autor había ya elaborado, junto con Benjamin T. Smith, en su libro Dictablanda (Duke University Press). Por último, deja para el porvenir una piedra dura de roer: “Las drogas, y no las elecciones o las reformas económicas, han sido el principal determinante del México democrático”. El capítulo dedicado a este tema es demoledor, sobre todo cuanto aparece encuadernado bajo las mismas tapas que abrazan otros capítulos igual de desgarradores.
“México es por su historia y quizá por su destino, un país único, la primera y verdadera sociedad global”. Con esta frase cierra Gillingham un libro también único y, a partir de ahora, indispensable si se quiere recorrer con sinceridad la historia mexicana.