M+.- En 2006 el gobierno de Estados Unidos abrió al público un archivo de documentos alusivos a la CIA en México. Por este nos enteramos de que, durante los años más calientes de la Guerra Fría, la agencia contó entre sus informantes a figuras como Díaz Ordaz, Fernando Gutiérrez Barrios y Luis Echeverría. El director de la oficina mexicana, operando desde la embajada, era Winston Scott, y hoy ha quedado claro que la información que este le alimentaba a Washington, siempre cribada desde las más altas esferas del poder en México, sólo pudo ser parcial, pobre y sesgada, reflejando una realidad oficial que poco tenía que ver con la realidad a secas y que, en particular al estallar las marchas del 68 y el 71, los pescó con los dedos en la puerta.
Por eso, y por el saldo de horrores dejado por la agencia en el resto de Latinoamérica —donde fondearon y entrenaron a grupos terroristas, sirviéndose de cárteles y de grupos paramilitares para quitar y poner gobiernos afines, entre otras linduras—, la colaboración entusiasta del gobierno mexicano con la CIA ha ido perdiendo vapor. Y es que, a diferencia del FBI, Homeland Security o la DEA, el trabajo de la agencia es más político que estrictamente policial, y mucho más turbio.
Así, no es sorpresa que, luego del accidente carretero que llevó a la muerte a dos de sus miembros, y que hizo pública la presencia en nuestro suelo de cuatro de sus operadores en el estado de Chihuahua, hoy en manos de la oposición, el gran símbolo del malévolo capitalismo imperial que tanto sangró a nuestras venas abiertas le haya detonado tan grandes ampollas a Palacio. Pero el enojo de la Presidenta va más allá de rendirle pleitesía a los símbolos. Después de todo, fueron los drones de la CIA los que llevaron a nuestro Ejército a la captura y muerte de Nemesio Oseguera, como lo explicó Ricardo Trevilla Trejo, secretario de la Defensa Nacional, y allí nadie se esponjó, o cuando menos no abiertamente.
El problema en Chihuahua es que Palacio mismo se ha dedicado a arrojar mucho fuego y nada de luz: mientras Sheinbaum expresa una y otra vez, con cara desencajada, su descontento por lo allí sucedido, la gobernadora Campos jura que los agentes no participaron directamente en los operativos, sino que sólo brindaron ayuda e información, lo cual es enteramente legal en México. Nos dicen que fueron invitados por el gobierno local sin conocimiento del federal, lo cual se antoja inverosímil pero, en esta presidencia, no imposible; la misma Sheinbaum no fue informada del golpe contra El Mencho hasta después de atole. Y luego el Ejército le quitó armas al descontento presidencial afirmando que ellos participaron en Chihuahua, pero que solamente cuidando el perímetro, que el plan fue de la fiscalía norteña.
Un hecho es incontestable: la gobernadora de oposición de Chihuahua, sin ayuda alguna del gobierno federal, acaba de dar uno de los golpes más importantes al fentanilo en nuestra historia reciente. Quizá para quien se dedica a vender lo bien que gobierna, antes que ponerse a gobernar, esa sea razón suficiente para resentir el triunfo ajeno como si fuera la peor de las tragedias.