Ahora que el cuento está de moda no está de más repasar lo que a estas alturas es un establo entero de equinos envenenados que los mexicanos hemos dejado pasar por las puertas de la República. En el nombre de combatir la corrupción y el dispendio, y a pesar de no brindar ni un solo dato duro para sustentar sus alegatos, ni de haber comenzado jamás una investigación o procesado a culpable alguno, López Obrador nos introdujo a toda una manada: allí está la pauperización del INE, la cancelación del NAIM y el cierre del INAI y del Seguro Popular, entre otros, que el expresidente vitalicio nos vendió una y otra vez como una manera de limpiar el chiquero dejado por gobiernos anteriores y, no olvidemos, de construirnos servicios públicos como los de Dinamarca. Y ya vimos cómo nos fue.
Luego vino la militarización de la Guardia Nacional. Tras dos sexenios desgañitándose por las violaciones a los derechos humanos cometidas por soldados actuando como policías, y de prometer que, de llegar a Presidencia, los regresaría a los cuarteles en menos de seis meses, una vez en la silla, López simplemente dijo: “cambié de opinión, ya viendo el problema que me heredaron”, como si el estado de la seguridad pública le hubiera sido revelado apenas pasadas las elecciones. Eso sí, siguió prometiendo que, de consolidarse, la Guardia Nacional “jamás reprimiría al pueblo”. El sexenio más sangriento de nuestra historia vio a nuestros militares gaseando manifestantes y macaneando migrantes, con Derechos Humanos de mera comparsa, pero rara vez combatiendo al crimen organizado. Y, cómo no, si la intención del tabasqueño nunca fue hacerle frente a los capos que lo llevaron al poder, sino concentrar a la fuerza pública bajo un solo bastón de mando.
Nada de esto, sin embargo, se compara con la reforma judicial que, afortunadamente, la 65 Legislatura frenó en su primer intento. ¿Qué hicimos entonces los mexicanos ante esa amenaza existencial contra la independencia del Poder Judicial que Morena, demagógicamente, empujaba como democratizadora y popular? Pues les entregamos con nuestros votos el control casi total del siguiente Congreso que, sin cambiarle ni una coma, aprobó de forma exprés la reforma de López Obrador, abriéndole de par en par la puerta a jueces ineptos, a veces con ligas criminales, y enteramente supeditados al partido de Estado.
Quisiera decir que nuestra costumbre de aceptar ciegamente y sin chistar las ofrendas de Sinón terminó con el anterior sexenio. Pero hoy, a las puertas de nuestras pantallas, está una iniciativa que podrá darle a instancias controladas por Palacio la atribución de interrumpir o cerrar cualquier señal, pluma o medio con base en lineamientos nebulosos e interpretables a modo. Una y otra vez nos dicen que no es un mecanismo de censura, que su intención es proteger a las audiencias de contenidos falsos o tendenciosos. Eso nos dicen. En el alud de periodistas despedidos a bote pronto o asesinados impunemente, y en los ciudadanos de a pie obligados a humillarse ante funcionarios públicos ofendidos por la merecida socarronería popular sin que, a esos sí, nadie los defienda, ni se fijen.