El presidente vulnerable

Ciudad de México /

López Obrador siempre se ha soñado a sí mismo como un salvador de la Patria, arengando desde templetes y balcones a un pueblo extático y agradecido ante su augusta presencia. Cuando decidió desaparecer al Estado Mayor Presidencial, el grupo militar de élite que tenía como encomienda cuidar su integridad y la de su familia, alegó que “Quien lucha por la justicia no tiene nada qué temer; el que está rodeado de guardaespaldas es porque no tiene su conciencia tranquila. Solo alguien que tiene miedo, porque hizo algo malo, necesita tanta escolta’’.

La medida, tomada por la desconfianza rayando en paranoia que caracteriza al presidente, fue achacada, como todo, a la austeridad, aunque López no se ahorró insultos: “Ocho mil elementos, era un abuso, un exceso, una extravagancia … se sentían importantes (sus predecesores), pequeños faraones acomplejados y corruptos, rodeados de guardaespaldas, de alcahuetes, de lambiscones”, asegurando que esos “alcahuetes y lambiscones” serían regresados a la Sedena a formar la Guardia Nacional “para cuidar al pueblo”.

De la misma forma como el presidente piensa que el petróleo se extrae haciendo hoyos y metiéndoles tubos, o que el crimen organizado se neutraliza a punta de regaños maternos, así ve al EMP como un montón de guaruras, pasándole de noche las labores de inteligencia, planeación, organización y protocolo, la logística de los transportes y movimientos de objetos y personas, la instalación de equipos de sonido y luces, la atención médica y el aseguramiento de rutas de salida en caso de bloqueos o emergencias. La ausencia de esos engranes finos, que se perdieron con el desmantelamiento del equipo que a ellos se dedicaba, se hicieron más que evidentes el fin de semana pasado cuando los maestros de la coordinadora en Chiapas lograron no una, ni dos, sino tres veces parar y retener durante horas el convoy presidencial.

Afortunadamente nuestros preclaros maestros no intentaban magnicidio alguno, sino apenas la extorsión, pidiendo la incumplida entrega de las plazas y el dinero que les ofrecieron los gobiernos federales y estatales. Lo gravísimo del desaguisado es saber que si no hubo mayor daño que la interrupción de las mañaneras y las imágenes de López Obrador rodeado por una turba, asiéndose enmuinado al celular y acogotado en su asiento, fue únicamente por la falta de peor intención en los sublevados; al día siguiente el mandatario salió muy digno a decir que él no era rehén de nadie, aunque claramente lo fue, y que “Ni Frena ni la CNTE detienen al presidente”, aunque evidentemente lo detuvieron.

La cada vez peor desconexión entre el presidente y la realidad alcanzó su clímax cuando sus solovinos repitieron por enésima vez la gustada cantaleta que dice que todo es porque bajo la T4 ya no hay represión, justo cuando llegaron desde la frontera sur imágenes de la bota del agente de migración sobre los dientes de un migrante, y desde la Ciudad de la Esperanza las narices reventadas de las alcaldesas electas de la Ciudad de México chocando con los escudos de los granaderos.

Malos augurios todos.

Roberta Garza

@robertayque


  • Roberta Garza
  • Es psicóloga, fue maestra de Literatura en el Instituto Tecnológico de Monterrey y editora en jefe del grupo Milenio (Milenio Monterrey y Milenio Semanal). Fundó la revista Replicante y ha colaborado con diversos artículos periodísticos en la revista Nexos y Milenio Diario con su columna Artículo mortis
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