La sentencia

Ciudad de México /
Únete al canal de Milenio

M+.- Existen apenas un par de fotos públicas de Ismael Zambada. Entre las más vistas hay una de 2010, donde sonriente, le pasa sobre los hombros el brazo a Julio Scherer como si éste fuera su última presa. Hay otra, en una camisa azul y más delgado, con el cabello teñido de un mal azabache y la nariz horadada —quizá por la coca, quizá por un mal cirujano—, en los días alrededor de su arresto. Verlo en persona es una ocurrencia excepcional, y ayer a la sala 10 A de la corte Este de Nueva York entró a recibir su sentencia con semblante tranquilo, con el pelo canoso y estrenando una barba de patriarca. En su overol penitenciario, pero sin cadenas, saludó a sus abogados como si hubiera llegado a tomarse con ellos un café. Eso sí, renqueaba un poco, como si le doliera el tobillo, o una rodilla, y cuando se dejó caer sobre la silla dejó escapar un sonoro “Ay, cabrón”.  

La sentencia duró poco. El juez Brian Cogan, quien ha presidido sobre la mayoría de los procesos de capos mexicanos en Nueva York, dijo que, aunque tenía las manos atadas —porque los dos cargos por los cuales El Mayo se declaró culpable, crimen organizado y participar en una empresa criminal continua, llevan una pena obligada de cadena perpetua—, estaba de acuerdo con el castigo. Y luego abordó la única petición que hizo el abogado Frank Pérez, en la corte y antes, en su carta previa a la sentencia: el acusado aceptaba someterse a pasar el resto de su vida tras las rejas pero solicitaba que su encierro no fuera en ese sarcófago en vida que es la cárcel de máxima seguridad de Florence, Colorado, donde está El Chapo Guzmán; en vez, por los padecimientos que tiene y, sobre todo, por su buena conducta y su declaratoria de culpabilidad sin cortapisas, pedía que lo enviaran a alguna quizá de mediana seguridad, donde hubiera, cuando menos, facilidades médicas.

En su contraargumento, los fiscales describieron cómo Zambada gobernó su cártel con lujo de violencia y corrupción, siendo a lo largo de su añosa carrera el responsable final de la muerte de millones de ciudadanos estadunidenses, y recordaron cómo, apenas dos meses antes de su secuestro y entrega forzada al norte del Bravo, el capo mandó asesinar a su propio sobrino, Eliseo Imperial Castro, el Cheyo Antrax. Pero no objetaron la petición. Cogan, reconociendo que la salud física y mental del preso de 76 años estaba entrando en un proceso de deterioro, concedió poner una recomendación, porque no es él sino el Buró de Prisiones la institución responsable de determinar, con base en las características del acusado y los comentarios del juez en su sentencia, dónde purgará éste su pena.

Al final, Zambada leyó una carta. En ella admitió la gravedad de sus acciones porque, dijo, no quiso seguir negando la verdad. Aceptó el daño que le causó a muchas personas, familias y comunidades, y no pidió clemencia. Explicó que creció entre pobreza y violencia pero no por ello justificó haberla elegido. Y pidió terminar con una guerra donde nadie puede ganar, concluyendo que pasará el resto de su vida reflexionando lo que hizo. Al leerla, ni una sola vez se le quebró la voz.


  • Roberta Garza
  • Es psicóloga, fue maestra de Literatura en el Instituto Tecnológico de Monterrey y editora en jefe del grupo Milenio (Milenio Monterrey y Milenio Semanal). Fundó la revista Replicante y ha colaborado con diversos artículos periodísticos en la revista Nexos y Milenio Diario con su columna Artículo mortis
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite