La tambora

Ciudad de México /

Debo decir que a mí me gusta la banda, sobre todo en las raras ocasiones cuando está afinada. Esos ritmos metálicos me recuerdan las polkas y las redovas del folklore norteño que han sido desplazadas de las memorias de mi niñez por la pobreza del reguetón y de sus anexos. De allí a que quiera escuchar tambora una y otra vez a lo largo del día y hasta bien entrada la noche es otro asunto, uno que ilustra nuestra orfandad cívica donde nadie parece conocer eso de que el respeto al derecho auditivo ajeno es la paz.

Hoy en Mazatlán llueven las quejas de los turistas y paseantes que quieren tomarse su coronita con limón y masticar su tostada de pulpo frente a los deslumbrantes atardeceres del Pacífico tranquilos, quizá acompañados de un buen libro o de otro tipo de música. Por otro lado están los que solapan los usos y costumbres de quienes buscan ganarse la vida en lo que es, efectivamente, propiedad federal, con la complicación de que lo que venden, a diferencia de los que hacen trencitas en el pelo o llaveritos de madera tallada, se expande a muchos kilómetros de distancia de donde ocurre la transacción original.

La última protesta alrededor de la razonable posibilidad no de prohibirlas, sino de acotar los horarios y las zonas donde tocan las tamboras, acabó con unos músicos agarrando a baquetazos a los policías que intentaban encauzarlos, y allí murió el asunto, sobre todo cuando tanto el presidente López Obrador como Rubén Rocha, el gobernador morenista de Sinaloa, se solidarizaron con los de las bandas.

¿Qué pasa con esa derrama de dinero, con esos visitantes que ya no volverán a Mazatlán, una joya entre nuestras magníficas playas, por no soportar la constante machucada al tímpano? ¿Es posible que la ausencia de políticas públicas alrededor del respeto a la integridad auditiva condene a una ciudad entera a la eterna baratura sin que nadie diga nada?

Podríamos decir que entre tanta sangre, depredación, impunidad, corrupción, estupidez, y los demás hijos de Pandora que se han enseñoreado entre nosotros auspiciados por la transformación de cuarta, los decibeles no son precisamente tema urgente en nuestro vapuleado México. Pero es iluso entender a las grandes violencias que hoy nos ahogan como desligadas de otras, menores en su origen, donde también el Estado ha sido perfectamente omiso y la ciudadanía indiferente: hasta el 2012 viví en un hermoso y popular barrio residencial de la colonia Roma que me hechizaba. Me fui ante la imposibilidad de acallar los salones de fiestas clandestinos que descargaban sus decibeles hasta las cuatro y cinco de la mañana, tres y cuatro veces por semana, sin que ninguna instancia de izquierda, de vanguardia o de la esperanza pudiera o quisiera regularlos, defendiendo mi derecho al sueño y al descanso, como tampoco acotaba a los franeleros, a los roballantas, a los conductores suicidas, a los ambulantes ni al incesante fierro viejo que venda, tatuado como un himno en la memoria de los habitantes de nuestra otrora hermosa capital.

Vaya, pues, si a la autoridad no le interesa que esas bandas respeten al ciudadano común en sus derechos más básicos, ¿cómo van a poder con las otras?


  • Roberta Garza
  • Es psicóloga, fue maestra de Literatura en el Instituto Tecnológico de Monterrey y editora en jefe del grupo Milenio (Milenio Monterrey y Milenio Semanal). Fundó la revista Replicante y ha colaborado con diversos artículos periodísticos en la revista Nexos y Milenio Diario con su columna Artículo mortis
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