Los aspiracionistas

Ciudad de México /

Décadas atrás, una maestra de sociología preguntó en el salón de la universidad privada donde entonces estudiaba que quién se consideraba de clase baja. De las 20 o 22 personas presentes nadie levantó la mano. Luego preguntó que quién se ubicaba entre la clase media, y todos, menos esta servilleta, levantaron la mano. Cuando llegó a la clase alta nomás yo asumí mi vergonzante pecado original, y no por valiente, sino porque mi origen fifí, neoliberal y conservador nunca ha sido un secreto para nadie. La maestra me miró con curiosidad y me dijo que si no me sentía muy sola, y le dije que no; que, para los estándares mexicanos, todos en ese salón éramos de clase alta.

Las mentadas de madre no se hicieron esperar, a pesar de que los presentes pagaban colegiatura privada, la mayoría sin necesidad de trabajarla; tenían coche propio y no pocos, viniendo de otros estados del país, rentaban un departamento que, por modesto que fuera, no dejaba de representar un lujo. Podemos detenernos horas en delimitar cuántos de mis antiguos compañeros eran realmente de clase alta y cuántos de clase media-alta, lo que es indiscutible es que casi la totalidad dejaba el bofe estudiando, haciendo prácticas profesionales, cumpliendo con creces las largas horas reglamentarias de servicio social y entregando trabajos a contrarreloj. El  esporádico contacto que he tenido con algunos me demuestra que esas malas costumbres burguesas, individualistas y clasemedieras los llevaron a través de los años a estar bien empleados, a construirse negocios propios y a fundar exitosamente nuevas familias.

Para el Presidente, sin embargo, ellos son el enemigo. Lo dijo claramente la semana pasada: los que se adhieren a su movimiento son aquellos que “Empiezan a recibir dinero del presupuesto … Ése es el cambio de mentalidad al que apostamos. En cambio, un integrante de la clase media-media o media-alta, incluso con licenciatura, maestría, doctorado, está muy difícil de convencer, porque es una actitud aspiracionista, es triunfar a toda costa, salir adelante.

Muy egoísta”.

Al carajo, pues, la cultura del esfuerzo y bienvenido el clientelismo asistencialista. Conste que no hablamos de los muy necesarios programas sociales diseñados para emparejar un piso que, se sabe, siempre ha estado chipotudo, porque ayudar a sacar a la gente de la pobreza no le interesa a López Obrador. A él lo que le va es poner el quinto en la mano abierta y que a cambio le besen el pie, y para eso es necesario un ciudadano pobre e ignorante al que no le queda más remedio, por unos pesos, que llenar plazas y corear sin chistar “ssssunhonorstarconObrador”. En cambio, quienes se la han partido como para leer diarios que no son corte Granma, o para darse el lujo de rechazar y criticar los fracasos e inhumanidades de su administración, a esos fuchi, caca.

Lo que el Presidente no entiende —como tantas otras cosas— es que esa lana que él tan liberalmente reparte para adornarse no le pertenece a él, ni menos aparece de la nada, sino que la produce, justamente, esa clase media luchona que él vilipendia en su inagotable resentimiento. 

@robertayque


  • Roberta Garza
  • Es psicóloga, fue maestra de Literatura en el Instituto Tecnológico de Monterrey y editora en jefe del grupo Milenio (Milenio Monterrey y Milenio Semanal). Fundó la revista Replicante y ha colaborado con diversos artículos periodísticos en la revista Nexos y Milenio Diario con su columna Artículo mortis
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