Las justificadas críticas a los nuevos libros de texto se han centrado en un mal llamado sesgo ideológico, y digo mal llamado porque esas páginas, más que abordar con seriedad conceptos tan válidos como el colonialismo o la lucha por los derechos humanos, contienen meros eslóganes, puyas y frases hechas aglutinadas bajo la etiqueta de un izquierdismo setentero, latinoamericanista y resentido.
No podemos obviar las abundantes faltas de ortografía, sintaxis y gramática, ni las infografías plagiadas de templetes genéricos, ni el estilo entre pomposo, indigesto y cantinflesco, ni los errores e imprecisiones en los datos. Ni el que hayan sido hechos en total opacidad, con su metodología reservada por cinco años, por el entenado de la esposa del Presidente a espaldas de los padres de familia y de educadores expertos. Ni que equiparen a la Ciencia, método y proceso que nos permite llegar a conocimientos sólidos y certeros como, digamos, cuántos gramos de tal sustancia curan y cuántos matan, con las neblinas mágicas del dogma popular que no sabe cribar sus joyas de sus venenos. Ni que el Poder Judicial hubiera frenado las ediciones pidiendo su revisión exhaustiva, ante lo cual López hizo con la ley lo que Salgado Macedonio suele hacer con las mujeres, diciendo que, llueva o truena, los distribuirían antes del inminente inicio del ciclo escolar.
Todo eso es gravísimo. Pero el problema de fondo, el que nos va a costar más caro resarcir, mucho más que la pobreza intelectual y el rezago que esos libros van a causarle a una niñez que desde antes de esta debacle ya coleaba todas las pruebas de aprendizaje conocidas, es que esos libros rezuman la semilla del odio, de la discordia y del fanatismo tan característicos de la transformación de cuarta. La ideologización aquí es simple utilería, una mera excusa para erradicar del currículo todo el material que fomente y facilite el desarrollo de capacidades mentales analíticas a favor de la imposición de creencias, supuestos y entendidos: el entrenamiento matemático ha sido aniquilado, como también la lectura crítica, para ser sustituidos por textos plomizos y parroquiales que le indican a los pobres infantes exactamente qué creer y pensar y, sobre todo, a quién odiar: el pueblo ancestral es bueno, los fifís malos. ¿Qué son “los fifís”? Quizá algo parecido a esos “conservadores” que el Presidente mienta cada mañana como al mismo demonio, al tiempo que él mismo desprecia el feminismo y a la modernidad, invocando a sus detentes contra la pandemia como el mejor curita de pueblo. No hay discusión, no hay ilustración, no hay opción: hay consigna.
Los libritos marrones de la T4 parecen diseñados para que nadie en el país sea capaz de entender y de tenderle la mano al otro. Para crear gente acrítica, fanática y enojada; para que nuestra niñez se una a la yunta de odios heredados y glorificados por la T4, quitándole a los mexicanos que vienen todas las herramientas mentales para sopesar e investigar la realidad prostituida por el pejiato por cuenta propia. Para que todos seamos, pues, sectariamente felices, felices, felices.