El frágil ego del Presidente necesitó de otra contramarcha para evidenciar que él tiene el mitin más grande. En la del sábado abundaron los autobuses y las tortas, sin faltar el discurso enconoso y mezquino que caracteriza a López Obrador: en la plancha del Zócalo, una botarga de Norma Piña ardió entre las risotadas e insultos de los presentes.
No fue hasta el día siguiente, una semana después de que fueran calcinadas cinco mujeres en Celaya, cuando el Presidente le dedicó unos segundos a decir que eso no estaba bien, que el camino no era el odio ni la agresión, sino el amor. El resto del tiempo lo usó para hablar copiosamente de sí mismo, desde el gastado no somos iguales hasta la glosa de la gente libre y consciente, al pie del Presidente, a diferencia de los de la manifestación anterior, pletórica de conservadores, reaccionarios y retrógrados. Ah, lo efímero que es el amor.
López reprochó también que en la marcha por la defensa del INE maltrataron una imagen suya, y que entonces nadie dijo nada. Quizá no se dijo nada porque, en caso de haber sucedido, no nos enteramos —mi caso—, pero hay que anotar un par de salvedades: López Obrador está activamente desmantelando las instituciones que hasta su gerencia nos permitieron vivir en un México más o menos libre y democrático; su estulticia le ha causado al erario un quebranto que vamos a tardar décadas en pagar; su capitulación ante el crimen organizado es vergonzante y ha entronizado en su corte a una recua de ineptos y corruptos cuyo rasero de entrada es la sumisión total ante su pejísima voluntad, y no mucho más. Sí, quizá ni él ni nadie merezca ser quemado en efigie, pero no hay duda de que López Obrador es digno merecedor de nuestras más duras críticas.
No es el caso de la ministra Piña. La muina de López parece residir solo en que ella lo rebasa con creces en inteligencia, probidad y erudición, y en que no se somete a sus caprichos autoritarios como deben hacerlo el resto de sus indignos floreros; tan es así que osó quedarse sentada cuando entró el Rey Sololoi a conmemorar la Constitución, gesto que lo tuvo rezumando bilis por días.
La otra salvedad es que no es lo mismo que Fuenteovejuna encienda la llama a que lo haga el Comendador: la marcha del pasado sábado fue convocada, auspiciada y conducida por el Presidente de la República, y la muñeca calcinada portaba la cara de la Presidenta de la Suprema Corte, una que ha sido denostada y agredida una y otra vez por el Presidente y por sus redes de troles. Aludiendo a la ministra, López ha dicho una y otra vez que hoy las cortes están “para proteger a corruptos y a las élites del poder en nuestro país”, y que con la llegada de Piña será imposible limpiar eso porque ella solo libera a los delincuentes, además de que “siempre ha votado en contra de las iniciativas que nosotros hemos defendido”.
Por algo López Obrador buscó instalar en la presidencia de la Suprema a otra como Sheinbaum, como Rosa Icela o como Piedra: Yasmín Esquivel, ese dechado de probidad que nunca va a dejar de ponerse de pie ante su ego de hojaldre.