Quién miente

Ciudad de México /
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M+.- Eso pregunta Sheinbaum ahora que el exembajador Ken Salazar salió a decir en su nuevo libro lo preocupado que estaba López Obrador cuando Joaquín Guzmán Jr le recetó a El Mayo Zambada una extradición exprés hacia las cortes de Nueva York. La Presidenta, sin embargo, no alude a ese dato, sino al involucramiento probable del FBI en la operación extractiva que Salazar, una y otra vez, negó.

No es imposible que la desconfianza que a esas alturas despertaba Salazar en la Casa Blanca hubiera mantenido al del sombrero al margen de la jugada, no sólo por la desmedida influencia que López Obrador, que ya para entonces tenía una carpeta bien armada en las fiscalías al norte por sus ligas con el narco, tenía sobre el diplomático, sino por los pronunciamientos infundados y a contrapelo de Washington que Salazar repetía a diestra y siniestra, como cuando le compró a López el gran bulo del fraude en su contra. La realidad es que, si bien no podemos saber si Salazar supo algo, ni qué tanto o en qué partes colaboraron los agentes gringos con los hijos de El Chapo, ni si el acercamiento inicial se dio de los mexicanos a la DEA y al FBI o viceversa, lo cierto es que la operación la ejecutaron de cabo a rabo los Guzmán. Zambada no se iba a acercar a la finca de haber allí alguien más que los guaruras y sicarios de confianza de los capos. El traslado al avión y el vuelo corrió a cargo de personal de Los Chapitos; el piloto Mauro Alberto Núñez, Jando, a quien en su aparente inopia el gobierno mexicano envió a Estados Unidos como parte del paquete narco solicitado por Trump, trabajaba para la familia desde décadas atrás. La avioneta estaba, en efecto, en poder del FBI antes de ser prestada al museo del Aire War Eagles, pero eso sólo prueba que fue incautada al aterrizar, no que la agencia se la hubiera proporcionado a los Guzmán. Lo seguro es que los federales sabían con antelación que la Beechcraft King Air 200 con matrícula alterada y números de serie borrados llevaba al par de grandes capos, porque la comitiva de seguridad que los recibió en el aeropuerto de Nuevo México no era en modo alguno rutinaria. 

Pero una cosa es que los chicos del Buró estuvieran cabalmente enterados del levantón —uno que hoy están cacareando con enjundia— y otra, muy distinta, es probar que en su actuar hubo violaciones al derecho o a la tan mentada soberanía. Como en el caso de la CIA en Chihuahua, el gobierno de México está desesperadamente buscando Judas para quemar sin tener pólvora en sus petardos. Porque los mexicanos quizá entendamos lo importante que es regular las operaciones de las agencias gringas, o exigirle transparencia a los diplomáticos en nuestro suelo. Pero también sabemos que López llevó a Morena al poder entregándole a México al crimen organizado, y nada de eso le impide a Sheinbaum afirmar con el puño en alto que ella y su mentor son moralmente superiores, que su gobierno no encubre a nadie y que sus fiscales no encontraron ni una sola evidencia de la complicidad de Rocha Moya con el Cártel de Sinaloa. 

Lo único claro aquí es que la Presidenta tiene razón cuando dice que alguien miente.


  • Roberta Garza
  • Es psicóloga, fue maestra de Literatura en el Instituto Tecnológico de Monterrey y editora en jefe del grupo Milenio (Milenio Monterrey y Milenio Semanal). Fundó la revista Replicante y ha colaborado con diversos artículos periodísticos en la revista Nexos y Milenio Diario con su columna Artículo mortis
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