Soluciones simplistas

Ciudad de México /

Vivimos momentos muy especiales en el mundo. Los medios de comunicación y las redes sociales han permitido que prácticamente todos los pobladores con un teléfono inteligente puedan expresarse y constituyan su pequeño mini-movimiento de opinión. Eso ha hecho que nuestras sociedades y esos medios se conviertan en cajas de resonancia de millones de opiniones y de demandas, de exigencias y de posiciones políticas. La insatisfacción se ha convertido en la característica principal de esta forma de expresión ciudadana y popular. Dicho rasgo se ha acentuado porque muchos partidos y movimientos políticos se han aprovechado de esa insatisfacción y la han convertido en un instrumento de lucha, al señalar enemigos fáciles y al ofrecer soluciones simplistas.

Hay quien responsabiliza a los migrantes de todos los males y ofrece un muro para resolverlos, por ejemplo. Hay quien señala al neoliberalismo o a la corrupción y pretende que con bajar el sueldo a los altos funcionarios o vender un avión presidencial se emprenderá el camino al bienestar general. Hay quien ataca a la llamada “ideología de género” y se atrinchera en los valores tradicionales como solución a la descomposición del tejido social. El problema de fondo es que, de enemigos fáciles y expedientes simplistas está lleno el mundo. Así que no cuesta nada atacar al adversario y convertirlo en el peor enemigo de la nación. De esa manera, mientras que unos convirtieron al neoliberalismo en el mayor crimen social, otros reviraron con el fantasma del comunismo. Marxismo, feminismo, capitalismo, igualitarismo, socialismo, ambientalismo y muchos otros “ismos” se convirtieron en malas palabras en esas luchas reduccionistas de la realidad.

A pocos en nuestro país se les ocurre que vivimos en un país de 126 millones de habitantes y que no se trata de que todos pensemos igual o que las mayorías les impongan a las minorías su forma de pensar y de vivir. La verdad es que la mayor parte de los políticos cayó en la trampa del populismo barato. López Obrador quiso en un cierto momento presentarse como un gran patriarca religioso-humanista que entendía a todo mundo, pero no pudo con ese papel, porque en el fondo es un sectario intolerante y se le nota en sus alocuciones; aunque apela “al pueblo”, en el fondo es alguien que cree que solo unos cuantos tienen la razón y los demás están equivocados. En su proyecto, las minorías no tienen derechos. Como no supo distinguir entre el candidato y el Presidente, nunca entendió que su papel al frente de la nación era el de aglutinar y no el de dividir. Por eso el estado social que vive México, como el de muchos otros países, es de agitación permanente. Por la misma razón, otras soluciones igualmente simplistas se pueden apoderar rápidamente del estado de insatisfacción generalizada entre la población. Misma que solo va a crecer en el futuro próximo, dada la crisis económica, la descontrolada violencia social y el creciente número de muertes por una torpe gestión de la pandemia. Más lo que se acumule. El enorme riesgo entonces es que, cuando cambiemos, pasemos de una solución simplista a otra, igualmente reductiva e intolerante.

roberto.blancarte@milenio.com

  • Roberto Blancarte
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