Si mi abuelita viviera, estoy seguro que lo primero que le diría al Presidente, luego de ver su manera de sentarse en el mensaje de video más reciente, sería: “¡enderézate muchacho, arregla tu postura!”. Y sí, en efecto, el lenguaje corporal nos dice mucho. Lo que el Presidente comunica con ello es falta de seriedad, casi indolencia. Un desparpajo equivalente a su manera de gobernar.
El país se está cayendo a pedazos y él, arremolinado en la silla presidencial, anuncia una realidad inexistente: la pandemia está domada, no tenemos un desbordamiento; los hospitales no están saturados, tienen todavía 70 por ciento de capacidad de camas de terapia intensiva, con ventiladores; se va a beneficiar a nuestro pueblo; se van a crear dos millones de nuevos empleos; se va a reiniciar la reactivación económica; se va a proteger a 25 millones de familias (el 70 por ciento de la población), pero también al 30 por ciento restante; todos nos sentimos bien espiritualmente, y eso tiene que ver con nuestras creencias religiosas, pero también filosóficas, con el amor al prójimo, porque sabemos que vivimos en un país donde no se promueve la desigualdad económica (¿hay alguno donde sí se promueve?). Por cierto, en su discurso, los médicos son todos hombres y las mujeres son enfermeras. En la cabeza del Presidente no hay médicos mujeres ni enfermeros hombres. En fin, que el jefe del Ejecutivo anuncia una vez más que todo está bien. No hay necesidad de alarma, ni de preocupación. Todo está bajo control, según él. El problema es que un buen porcentaje de la población ya no le cree.
La pandemia del coronavirus ha desnudado a los liderazgos. Ha mostrado de qué están hechos quienes conducen a sus países, a sus estados, a sus municipios y a sus comunidades. Ha permitido evaluar a los liderazgos serios, que estaban preparados de antemano, no para esta emergencia específica, sino para cualquiera, que reaccionaron con prontitud, con eficacia, con transparencia, con medidas adecuadas y generando confianza, con resultados tangibles. Pero desnudó también a los que no se prepararon ni antes ni después que sonaron las alarmas, a los que le restaron importancia, a los que decían que la epidemia y sus efectos se exageraban, a los que no les importó dar un mal ejemplo rompiendo las pocas reglas que su sistema de salud trataba de establecer, a los que no cancelaron las concentraciones masivas, a los que seguían invitando a la población a salir cuando era ya evidente que la pandemia significaría miles de muertes, a los que despreciaron a la ciencia y a los expertos, a los que esconden la información, a los que sugieren tomar cloro o protegerse con estampitas religiosas, etcétera, etcétera.
La emergencia sanitaria ha mostrado, en pocas palabras, que no basta ocupar un cargo para tener liderazgo efectivo. Y lo que hemos visto en México y en muchas partes del mundo es la ausencia de un liderazgo democrático, confiable, transparente, honesto, informado, pero sobre todo responsable. Desafortunadamente, lo que hemos presenciado en nuestro país es un enorme vacío, una ausencia de liderazgo, que nos pone, una vez más, en el peor lugar de la lista. Pero el Presidente sigue soñando, apachurrado en su silla.
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