Mis colegas Micheline Milot y Jean Baubérot, con quienes redacté y publiqué hace ya 15 años una “Declaración universal sobre la laicidad en el siglo XXI”, escribieron un libro titulado Laicidades sin fronteras. Allí presentaron ellos seis tipos ideales de laicidad, utilizando modelos puros que sirven para contrastar la realidad. Me acordé de uno de ellos, a propósito de la enorme reacción generada por el reciente incidente en Bellas Artes. Se trata de la denominada “laicidad de fe cívica”: como la laicidad adquiere su forma específica en medio de un conjunto de valores sociales que están en el fundamento de la sociedad política, en algunos casos se genera un tipo de laicidad como exigencia de fe cívica, que apela a una lógica de adhesión. Y cito: “En las sociedades secularizadas o incluso allí donde una confesión es fuertemente mayoritaria, los creyentes de los grupos minoritarios (y en ciertos contextos los ateos) pueden ser sospechosos de querer imponer valores distintos a aquellos comúnmente admitidos e interiorizados por los ciudadanos que se identifican con el grupo mayoritario. En otras palabras, su lealtad frente a los valores comunes dominantes no se asume como adquirida. El Estado o segmentos de la población pueden entonces exigir que aquellos que adoptan modos de expresión religiosa diferentes de los de la mayoría moderen esta expresión con el fin de ‘probar’ que su adhesión no los conduce a privilegiar valores diferentes de aquellos que fundaron la vida social y la unidad nacional. La pertenencia religiosa ‘distinta’, particularmente cuando se hace visible, puede ser sospechada de debilitar la adhesión a la sociedad política. De allí no hay más que un paso, rápidamente dado, para exigir que el creyente demuestre que puede ‘neutralizar’ su pertenencia religiosa, vaciarla de cualquier referencia específica”. Para estos autores (y comparto su opinión) esta “profesión de fe civil obligatoria” inhibe, “por motivos religiosos o seculares, la libertad de expresión no solamente religiosa, sino igualmente la política”. El resultado práctico de esta visión social es que los de la religión mayoritaria (en este caso la católica) no tienen que demostrar nada, mientras que los judíos, los protestantes, los testigos de Jehová, los evangélicos, los musulmanes, deben mostrar fehacientemente su apego a la nación, mediante la neutralización pública de sus valores religiosos personales. Mientras tanto, nadie dice nada de las grandes cruces encima de las ciudades o de los monumentos y calles dedicadas a Juan Pablo II.
Sigo pensando, como lo manifesté la semana pasada, que la reacción airada de buena parte de la sociedad se debe a la tan legal como torpe mezcla y confusión entre religión y política que han hecho algunos funcionarios, comenzando por el Presidente de la República. Pero también noto que hay algo de esta laicidad de fe cívica entre muchos, la cual fácilmente se desliza en intolerancia hacia los diverso. Así, por ejemplo, el término “secta” que sociológicamente es neutral pero que en nuestro país tiene una carga peyorativa y se aplica a lo no católico, parece estar volviendo por sus fueros.
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